La comunidad

Tanto el capitalismo como el comunismo han tratado de quebrantar todas las entidades que impedían,en un caso, la preeminencia del individualismo y de las llamadas leyes del mercado y, en el otro, la supremacía absoluta del control estatal. La comunidad y, con ella los «genius loci», es una de esas realidades, igualmente denostada por ambos sistemas que ,en el primer caso , nos quiere autónomos, independientes,emancipados; esto es, sin vínculos, ni raíces, ni amor por la tierra ni por la cultura en la que hemos crecido. Desvinculados de cualquier apego y enraizamiento. Disponibles y desubicados como cualquier mercancía. En el segundo caso las raíces son cercenadas para que las personas sirvan a abstracciones tales como el partido,la historia y la ,para la siempre postpuesta y prometida, sociedad sin clases que advendrá «sine die».

Y ambas ideologías han ensalzado y fomentado la industrialización del mundo a la vez que despreciaban a esos hombres cuyos quehaceres están inexorablemente vinculados a la tierra:el campesino y el ganadero. Para unos la meta era la mercantilización absoluta de todas las actividades humanas , e incluso de la vida misma.Para otros, la dependencia absoluta hacia ese estado convertido en Moloch y para el cual las personas son tan solo medios para su propio engorde y crecimiento.

Las comunidades ,barreras tanto al mercado como al estado, han sido los únicos bastiones que nos quedan contra esos poderes inhumanos que todo lo convierten en cifra, recurso, o material a requisar y controlar. Y aquí el individualismo ha hecho tanto daño como el estatismo. Pues de poco nos servirá alimentar una falsa arrogancia desvinculada de la suerte de la comunidad a la que se considera perdida, como tampoco el que abdiquemos de nosotros mismos para convertirnos en engranajes de un poder cada vez más gigantesco.

En un maravilloso libro de Wendell Berry se cita un texto de Emerson. Habla acerca de la pertenencia a una comunidad. Dice así:» Tomo las manos de quiénes están junto a mi, ocupo mi lugar en el círculo para sufrir y trabajar, siguiendo mi instinto, que el abismo mudo cobrará voz y palabras».

La danza como vínculo, el compromiso y el enraizamiento y no la soberbia, ni el desprecio ,ni la falta de responsabilidad con quiénes nos rodean, ni la huida del prójimo para refugiarnos en abstracciones como la humanidad o los derechos humanos , desde un universalismo que nos exonera de nuestro compromiso con los mas cercanos. Tan sólo así el abismo mudo cobrará voz, y podremos escapar a las dos soledades: la del sujeto encerrado en la celda de su falso yo y la del prisionero anónimo. Como podremos aceptar nuestra condición de mortales y celebrarla a un tiempo.

Lo que la tierra cultivada es a la agroindustria es la comunidad a todas las abstracciones. Tan solo enraizados podremos comprender cuanto dice ese hermoso poema de William Carlos Williams, también recogido por Wendell Berry.»No hay nada de comer/ sino el cuerpo de Cristo/ sin importar dónde se busque/ Las benditas plantas y el mar lo entregan / intacto , a la imaginación». Así sabremos algo del origen, cuando ni los hombres ni los alimentos se fabricaban y la cultura era deudora de la agricultura.

Javier Estangüi Ortega

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