La exaltación del poder
En la política nacional e internacional, en el ámbito de la cultura, en las relaciones humanas se habla cada vez con más frecuencia de «relaciones de poder» o de «ideas potentes», porque hoy el poder es hipostasiado y sus creyentes son una especie de panteistas de ese fetiche erigido en dios supremo. Así como para una suerte de calvinismo el éxito era una de las señales de los elegidos por la Providencia, hoy, la ostentación del poder, es el signo no de quiénes son «elegidos por la historia»-concepción que albergaba cierta grandeza-, sino de los que sin escrúpulo alguno logran encaramarse u oficiar de figurantes de aquéllos que, entre bastidores,manejan los hilos.
Los ilustrados reducían la religión a una suerte de moral y defendían el Deísmo o el ateismo. Sostenían que aquélla, con su promesa de recompensas y amenaza de castigos en la vida futura, era un freno necesario para los ignorantes,un dique de contención para los pueblos. De ahí el dicho de Napoleón según el cual»un cura le ahorraba cien policías». Al margen de discutir esta visión tan reducida de la Religión, los arribistas de hoy, carentes además de ilustración alguna, salvo en técnicas de propaganda a la que casi todo lo fían, se congratulan entre ellos de pertenecer a una especie de sociedad secreta que se ha dejado de «prejuicios morales» y mediante la conspiración,la presión y la manipulación , valora tan solo lo que sirve para conquistar esa copa de Grial ahora rebautizada como Poder,mientras deja que los ingenuos sigan creyendo en la moral, la democracia o la justicia. «Para nosotros-comparten con complicidad-la verdad de que no hay verdad alguna. Para nosotros Maquiavelo y Nierzsche. Para el resto todos los cuentos con que hoy se acuna a hombres y pueblos.» Pasan por la vida orgullosos, suficientes, sin dudas. Y también ,es preciso decirlo, sin tener jamás una persona frente a si .Y así, esos nihilistas a los que incluso al principio ingenuamente se los considera osados por combatir a muertos-hombres e ideas-, o se los cree emancipados por su desvergüenza, que oculta en realidad una gran falta de sustancia y de raíces, o se los mira con complacencia por quiénes están fatigados moralmente por creer que la maldad siempre se sale con la suya y ya están a punto de abdicar y rendirse ante la iniquidad, acaban dejando ruinas y escombros tras de si. Pues justamente cuanto precisan aquéllos para alcanzar su meta es proyectar su resentimiento, crear espejismos y, sobre todo, erradicar la esperanza.
Javier Estangüi Ortega