La razón y las pasiones
Si hiciéramos caso a Lutero quien llamaba a la razón «vieja ramera», o a Hume para quien la razón estaba siempre al servicio de las pasiones y era imposible domeñar éstas con aquélla, pues una pasión tan solo podía combatirse con otra pasión, sería imposible concordia alguna en la situación actual de nuestra patria en la que los sembradores de veneno tratan de exacerbar aquéllas pasiones que conducen al odio y al deseo de aniquilación del discrepante. El disparo simulado con la mano -y que los medios de propaganda se han apresurado a considerar como un simple error cuya reparación estaría en pedir perdón al asesinado simbólicamente, prueba tanto la barbarie creciente como la ceguera en la que estamos sumidos. Barbarie y ceguera que se alimentan recíprocamente y que acabaran por arrastrarnos a todos si no reaccionamos sin demora.
La razón entendida como una especie de espectador desinteresado no podrá poner dique alguno a la barbarie. Tampoco si pensamos aquélla como una facultad desgajada de la vida y cuya función consiste exclusivamente en realizar raciocinios. Sin embargo, la voz de la razón remite a otra posibilidad: la memoria de nuestro pasado y de nuestros mayores, aquellas advertencias y admoniciones que han calado en nosotros desde nuestra infancia y que los que sufrieron la guerra civil, tanto de un bando como de otro, nos han dejado como testamento:»Aquello no ha de volver a repetirse». Por eso , se esté hoy donde se esté, la tarea es impedir cualquier gesto, cualquier amenaza, proceda de quien proceda, y desenmascarar a quiénes consideran como un error lo que es un gesto de ignominia y matonismo, la antesala del horror. A todo esto puede oponerse cuanto la voz de la razón , en alianza con nuestra memoria, nos recuerda con vehemencia , esa exhortación de quiénes vivieron el horror de la guerra civil y finalmente se reconciliaron: «aquello no ha de volver a repetirse».
Javier Estangüi Ortega