Un nuevo engendro:»la ley de memoria democrática».
Guy Debord vió como nuestra sociedad es la sociedad del espectáculo pero, a mi juicio, desatendió los efectos de una propaganda cada vez más intensa y que no da tregua ni respiro al ser humano. Así la exaltación de lo banal, la conversión de la apariencia en realidad corren parejas con la distribución incesante y machacona de consignas, eslóganes e ideas spray, etiquetas y sambenitos. Cuanto más se hunde lo real y se desmorona lo valioso. Cuanto más se extiende la penuria material y moral ,mas recurren los gobiernos a los golpes de efecto de la propaganda. No importa que ésta siembre el odio entre la población, reavive el cainitismo , exhume cadáveres o agite espantajos del pasado. Se trata de exacerbar esas pasiones que nublan el juicio , enajenan la razón y convierten siempre al otro en enemigo al tiempo que ocultan los desmanes, la incompetencia y la baja estofa moral de quiénes se proclaman nuestros defensores:adalides y campeones,claro, de la libertad, la verdad y la justicia. Basta con disponer de un pueblo aturdido por los medios de propaganda y por la escasa educación cívica que arrastró durante el régimen de Franco, para que unos impostores recién llegados nos hagan creer que representan lo más granado de pensadores y poetas que se opusieron a aquél. Como dijo el padre de un amigo:»esperábamos los mejores hijos de la república y han venido,en realidad, los nietos de Franco». Pues sólo la penuria cultural del franquismo ha hecho posible que unos oportunistas sin escrúpulos se hayan encaramado al gobierno. La reciente ley que ya se vislumbra: una bazofia ininteligible, pues ¿ya me dirán que quiere decir eso de «memoria democrática»?, no hace sino confirmar el viejo adagio :»,dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».
Javier Estangūi Ortega