Sobre el dorso de Leviathan

En las mil y una noches hay un relato en el cual Simbad arriba a lo que cree ser una isla ,allí descansa plácidamente hasta que descubre con estremecimiento que la tal isla no es sino el dorso de un monstruo marino. Mi generación no sufrió la guerra civil,ni la postguerra, ni la segunda guerra mundial. Desconoció las calamidades y penurias de sus padres y abuelos. Y, al margen de sufrir una dictadura cada vez más debilitada, disfrutó de una renta y un nivel de consumo más y más creciente. Hemos vivido,por así decirlo, en un invernadero el cual ha puesto sobre nuestros ojos una venda que nos ha impedido conocer la realidad de nuestro mundo. Es cierto que la guerra fría, las miserias en el mal llamado tercer mundo y tantas otras cosas nos impedían dormir el sueño de los justos, pero no nos han impedido soñar que los también llamados «países subdesarrollados» adquirirían alguna vez el nivel de bienestar del resto. Tal creencia fue sostenida por la ideología del crecimiento económico, la fe en las revoluciones y la creciente industralización del mundo. Hoy es imposible sostener por más tiempo tal ilusión.

Dábamos un interruptor y se hacía la luz,abríamos un grifo y salía agua. Los trenes llegaban puntualmente y los semáforos cambiaban regularmente de color. Nuestro sentimiento de seguridad estaba sustentado en la experiencia reiterada de todas estas cosas. La pandemia actual ha puesto de manifiesto la realidad orillada,por monstruosa,de nuestro mundo. Como Simbad nuestra seguridad reposa sobre la ignorancia del monstruo sobre el que nos apoyamos. Hemos estado cómodamente instalados en un automóvil cuyo piloto rojo se encendía y lo que hemos hecho ha sido mirar para otro lado o golpear con un martillo la señal de advertencia. Y ese martillo ha sido nuestra fe de carboneros en el llamado progreso. Tras las bombas atómicas, la polución constante, la extinción de especies, los casos de Harrisburg y Chernobil, se nos dijo que tales cosas no eran sino el precio que habríamos de pagar por aquél. Un precio, ahora lo sufrimos, cada vez más alto. Y ,a la vista de nuestra situación, comenzamos a preguntarnos si los viajes de los que disfrutábamos ,si el consumo creciente, si los juguetes tecnológicos tras los cuáles muchas veces nos resarcíamos del vacío de nuestras vidas, nos parepetábamos ante el miedo a las auténticas relaciones humanas y ante nuestra propia condición de seres casi robotizados, valían la pena. Nuestra condición es parecida a la descrita por Tito Livio acerca de los romanos de su tiempo.»Ya no pueden tolerar ni sus males ni sus remedios». Cierto, existimos como enfermos entubados al sistema técnico-industrial. Somos adictos a toda clases de bienes y servicios , pensamos que la vida nos sería imposible fuera del monstruo sobre el que estamos asentados. Un monstruo que se agita cada vez más y,finalmente, acabará con nosotros. Quiénes desean que tras la epidemia todo vuelva a la tan cacareada «normalidad» se engañan a si mismos y harán pagar a sus hijos y a sus nietos las consecuencias de su ceguera. Quiénes ignoren la complejidad de nuestro mundo y todas sus interrelaciones para refugiarse en la ilusión de un cambio tan sencillo como repentino, también se engañan a si mismos. Y ,de una forma u otra, unos se asemejarán a aquéllos que mientras arde Roma-tomo estas palabras de Chesterton-continúan tocando el violín y otros no harán sino incendiar Roma. Nuestro estado es similar al de quiénes viven en una casa llena de lujos cuya estructura esta corroida y amenaza con venirse abajo. Un rápido desalojo causado por el pánico podría hacer que aquélla se desplomara ,mas no se pude permanecer en ella por mucho tiempo. Necesitamos un nueva alianza:científicos, expertos, artistas,sabios y todos los hombres y mujeres dispuestos a apuntalar la casa tan solo mientras se estudie la mejor forma de desalojar ésta sin que nos sepulte y que, mientras nos preparan para caminar por el desierto, tengan la fe suficiente como para arrostrar los obstáculos, los desfallecimientos y deseo de regreso que nos sobrevendrán para que nuestras miradas no se vuelvan hacia atrás y evitemos quedar petrificados, como le sucedió a la mujer de Lot.

Javier Estangüi Ortega

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