Hacia una nueva ecúmene
Chernobil no sabía de fronteras, como tampoco el Coronavirus, extendido hoy por todos los continentes. A la espada de Damocles de la energía nuclear hace tiempo que se ha añadido el peligro de que en uno de los múltiples laboratorios diseminados por nuestro mundo se escape un virus capaz de diezmar a buena parte de la población. No quiero decir con esto que uno de tales laboratorios haya sido la causa de este virus. Lo desconozco.Pero lo más inquietante es que tal hipótesis es concebible, e incluso verosímil, en el mundo en el cual vivimos. La deforestación, el envenenamiento de los ríos, las venas de la tierra, la contaminación, las especies en peligro de extinción, el efecto invernadero, son las luces de emergencia de una civilización erigida sobre el supuesto según el cual la tierra no es mas que una fuente de recursos y el hombre un «recurso humano».
¿Qué diriamos si los pasajeros del Titanic ante la inminencia del choque con el gran iceberg se hubieran puesto a discutir sobre quiénes comparten o no los mejores camarotes, o sobre el número de mujeres y hombres en los puestos de mando o sobre la edad de los mismos?. Pues nosotros seguimos fomentando la división social (,una especie de lucha de clases contemporánea que no conduce sino a la guerra civil), las llamadas ideologías de género y los conflictos intergeneracionales. Si queremos evitar el desastre hemos de retirar nuestra energía, como hicieron antaño los primeros cristianos con los antiguos dioses de Roma, de todas las ideologías que fomenten la división entre los hombres para podernos encaminar a una nueva ecúmene cuyos pilares sean la consciencia de nuestra fragilidad y la magnitud universal de los peligros que nos sobrevienen y nos sobrevendrán. No podemos seguir actuando como titanes o dioses erigiendo altares a la potencia, el dominio y la velocidad. Es hora de perder nuestros miedos , dejar de estigmatizar a los otros y buscar aquello que nos une; pues es el temor quien nos lleva a compartimentar, encasillar y agazaparnos tras esas ideologías que no son sino falsos muros de contención de nuestra angustia. Esta nueva ecúmene no será una simplificación de lo humano como pretende la llamada globalización sino, por paradójico que parezca, un universalismo enraizado. No apelará al ser humano,sino a cada uno de los hombres . «¿Quien es mi prójimo?,se preguntaba el evangelista. Creo que de la respuesta que demos a esta pregunta y de nuestro sentimiento al respecto, dependerá nuestra suerte.
Javier Estangüi Ortega