Conspiranoia
Nuestros contemporáneos han ideado una palabra mágica cuya virtud es desacreditar a quiénes ponen en tela de juicio cualquier versión de los hechos que no se pliegue a la doctrina oficial. La palabra esparcida por todos los medios de comunicación es mucho más insidiosa que la antigua de «anatema» ,pues ésta al menos no ponía en tela de juicio el equilibrio mental de quiénes defendían tesis opuestas a las admitidas.
Por poner tan solo algunos ejemplos:»conspiranoia» ,así era definida la actitud de quiénes dudaban de la versión oficial de lo acontecido el 23-F, como asimismo fue bautizada la actitud que sostenía que aún no se han esclarecido los atentados del 11-M. También,años antes, fue «conspiranoia» el dudar de que el aceite de colza fuera la causa del envenenamiento de muchas personas. Así ,uno de los más prestigiosos epidemiólogos,el doctor Muro, de la noche a la mañana,por no sostener tesis que ponían en evidencia la doctrina oficial, fue presentado por los medios de «comunicación» como un lastimosos chiflado capaz de las teorías más excéntricas. Igualmente fue considerada como una especie de apestada Rachel Carson,la autora del libro «Primavera silenciosa» que alertaba sobre los efectos de los pesticidas ,especialmente, el DDT. La historia registra cientos de casos similares.
El conformismo actual, la ciega adhesión a la versión de los denominados expertos cuya pretendida objetividad se sustenta más en la unanimidad de quiénes aparecen en los medios y la proscripción, la calumnia, y el orillamiento de quiénes no comparten las teorías al uso, no se debe tanto a que finalmente hayamos encontrado la verdad, como quieren creer los apalancados en la comodidad mental, como al hecho de que los disidentes son silenciados o, si esto no es posible, desacreditados. El juego siempre ha sido el mismo: si no se puede comprar a quiénes disienten, se los amenaza, y si finalmente incluso la amenaza no hace mella en ellos, se los estigmatiza como chiflados con la intención de desprestigiarlos o se toman otras medidas de las que más vale no hablar.
Entre la visión de nuestro mundo edulcorada por la fe en el progreso la cual nos hace dormir el sueño de los justos o la idea de unos poderes que mueven sus resortes en la oscuridad ,e incluso la suposición de que hemos desencadenado fuerzas que no podemos sujetar y nuestra suerte está,por decirlo así, en manos de un piloto ciego,elegimos la primera suposición. No nos compromete, nos da seguridad, aunque sea ficticia, nos hace creer que la verdad es algo que está a la mano, no mina la fe en los nuevos sacerdotes de nuestro mundo que son los técnicos y los científicos de quiénes,¡tan grande es nuestra fe en ellos!,esperamos unanimidad de juicios y una teoría única que nos libre de la incertidumbre y el desamparo.
Con esto no quiero decir que todas las teorías etiquetadas como «conspiranoicas»sean ciertas. Pero ,si se está tan seguro de la verdad proclamada ,¿Por qué razón se eluden los debates con quiénes sostienen tesis diferentes?.¿Por qué nunca aparecen en los medios,salvo en efigie, para ser,naturalmente, ridiculizados?. Por mi parte no pienso elegir entre la visión edulcorada ,paradisiaca e infantil de una ciencia sin grietas y cuyos acuerdos son unánimes y la visión del «paranoico» sospechando que esa pretendida unanimidad se basa en una ocultación, cuyo precio es siempre muy alto. Pero tal vez el descalificado como paranoico pudiera tener razón muchas más veces de lo que sospecha el acostumbrado a la papilla de los bienpensantes.
Javier Estangüi Ortega