El ascenso de la insignificancia
Así titulaba hace ya años una de sus obras el ensayista Cornelius Castoriadis. Percibió los primeros síntomas de esa enfermedad social que ha llevado a ascender y convertir en «relumbrones»,por obra y gracia de los medios, a tantas nulidades. Basta con presenciar las ruedas de prensa de cualquier político de turno,salvo honrosas excepciones, para reparar en la ausencia de ideas y la lastimosa verbosidad de la que hacen gala y de la que incluso se jactan. Universitarios carentes de formación e inquietudes, jueces cuyas sentencias son un continuo hazmerreir, periodistas que toman por análisis político lo que no son sino chismorreos, todoparlantes y repartidores de tópicos envasados, politiquillos de carrera pedrestre, afiliados desde jóvenes a esas empresas de colocación que son hoy los partidos políticos ,cuyo principal mérito ha sido despreciar la cultura, afilar el resentimiento y no hablar mas que para propagar como esbirros recompensados el ideario de su partido, psiquiatras del «pensamiento positivo» y «autoayuda» que se pirran por aparecer en pantalla con ocasión de lo que sea para repartir lo que ya querrían ser consejos de la abuela, cineastas cuyo máximo arte ha sido parapetarse tras las subvenciones para practicar una endogamia de ideas y tópicos capaz de avergonzar a cualquier persona con decoro ,escritores miembros de capillas y conventículos literarios adscritos a las editoriales al uso cuyos editores los consideran de «su cuadra», por algo será, y destacados expertos hasta que la realidad los pone en evidencia. Ahora cuando la calamidad de la epidemia se ha encontrado con la incompetencia y la corrupción, reparamos en hasta que punto es grave cuanto se ha ido cociendo a fuego lento ante nuestros ojos sin que lo hayamos tratado de evitar. El mal es tan grave que sólo un cambio radical podría tratar de poner en pié y hacer que ganara terreno cuanto actualmente está orillado o proscrito: la política como servicio, la cultura al margen del entretenimiento, la valía personal en lugar de la adulación o la militancia servil, la verdad en lugar del provecho, la belleza en lugar de la extravagancia o la ocurrencia. Y eso hoy no lo traerá partido ni institución alguna. Hemos de ser cada uno de nosotros quien de lo mejor de si mismo. Tal vez no sea suficiente, pero no podemos confiar en otra cosa. Al filósofo Günther Anders una vez le preguntaron si estaba desesperado con la situación del mundo.El respondió esto:»Y si estoy desesperado ,me digo, a mi que me importa».Eso mismo podríamos decirnos a nosotros para,acto seguido, y a pesar de todo,seguir siendo fieles a cuanto amamos.
Javier Estangüi Ortega