Se desvivieron

Hoy hablo de ellas. Su vida fué un desvivirse. Su fe: el Cristo de Medinaceli y sus retoños. Al pié de la cruz. Inclinadas como sauces amorosos ante el lecho afiebrado de sus hijos postrados por la enfermedad, para llevarlos el termómetro, el alimento, el beso con el que atajaban sus delirios, apuntalaban su presente y barruntaban su futura errancia. Apenas hablaban de si mismas. » Éstos zapatos ya no te sirven». » Este pantalón te está pequeño». » Anda, ven que te peine».Madre maestra, madre retorta, madre matriz, madre mortaja de heridas, penas sufrimientos. Albas perpetuas a pesar de la fatiga de los años y los días. Magas. Ilusionistas. Convirtieron la escasez en abundancia. Dieron calor y luz de hogar a cuartos angostos, fríos, desangelados. Por eso te llamabas Angelines. A veces el niño sostenía entre sus brazos la lana con la que ella ovillaba la madeja, tejía su vida misteriosa y desgarrada. Provengo de ese inmenso sacrificio que expio como puedo. Hilvano las palabras con el hilo de oro que me dieron ellas. Escrito este de rescate, «por ellas, por tí, por mi, y por todos mis compañeros». Oración de gracias donde el mendigo cambia el pan de masa madre por palabras.

. Javier Estangüi Ortega

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