Microcosmos
En la calle Preciados gitanas de piel aceitunada salen al paso a los transeúntes y les regalan ramilletes de romero. » Anda guapo, un ramito», «Vamos hermosa, toma uno», se adelantan y piropean a quiénes abordan. Garbosas, flamencas, corridas por la vida, serían capaces de piropear al mismo Quasimodo, me digo, sabedor de que no es así; pues en ellas, telúricas como son, la belleza no puede jamás contravenir al instinto. Si algún incauto, ignorante de sus mañas, archisabidas por los lugareños, pica y coge el regalo envenenado, le toman la mano y se precipitan a echarle la buenaventura para impedir su fuga. Luego le reclaman dinero. A quien se niega o les da una misera moneda le sueltan sapos, culebras y maldiciones de las que los sorprendidos incautos huyen como de un súbito e inesperado chaparrón.
La puerta del Sol es el lugar favorito de carpantas, descuideros, carteristas y calaveras de toda laya. Los adrolleros del oro arrojan a sus huestes, hombres venidos de África, a anunciar la compra de éste. «Se compra toda clase de oro» , anuncian enarbolando con sus manos grandes carteles de cartón. » Ya no creo en el hombre» escucho decir a uno de ellos. Allí también se citan muchos hispanos.Algunos andan amurriados al recordar la tierra abandonada. Sopesan el trueque entre la realidad desechada y la promesa de una vida mejor y a muchos no les salen las cuentas.Total , trabajan como esclavos en oficios que nadie quiere.
En la desembocadura de la calle de Alcalá con Sol escucho alzarse por entre el tráfago una maravillosa voz:»¡ Granada, mi tierra soñada..!.».Voz de tenor, de pelo ralo, orondo, sonríe mientras canta. A sus pies yace un estuche de madera con monedas y algún billete. Turistas japoneses, sentados frente a el en bancos de granito , lo escuchan con verdadera devoción.
Más arriba de la calle , frente a uno de los edificios de los carteristas financieros observó a un joven, buen samaritano, sostener a un famélico anciano cuyo cuerpo cuelga de los brazos de aquél como un pingajo y cuyo rostro reposa en un hombro del joven como si tuviera el cuello descoyuntado, o fuera el de un pelele. El anciano, un fideo de pellejo reseco, tiene la boca abierta y demudada y los ojos cerrados.Parece exánime. Dos guardias civiles hablan con el joven, alterados y nerviosos se apresuran a llamar al Samur.
En la calle Marqués de Cubas , junto a la tapia del edificio Zurich , sobre dos bancos callejeros, embutidos en cajas de cartón, anida una pareja de pordioseros. Los nuevos Diógenes se alivian como perros callejeros en la tapia del flamante edificio.La bahorrina y el hedor espetan al perfumado burgués ,quién desvía la mirada más , su mueca lo delata, no puede librarse de aquél intenso olor a podredumbre y orín.
Bajando hacia la plaza de Cibeles una fotógrafa callejera, ataviada de blanco como una novia, provista de una cámara de placas, saca instantáneas a turistas. Me detengo a contemplarla. Tres italianos la piden una fotografía.Posan juntos abrazados. Y ella, rubia de ojos claros, les habla en un tropezado español y les muestra una fotografía envejecida en donde los tres aparecen enmarcados como protagonistas de la noticia de un antiguo y amarillecido periódico , tal como junto al Prado inscriben los nombres de los turistas en un cartel taurino.
Quiero engavillar éstos recuerdos abigarrados e intentar descifrar los lazos de parentesco de ese extraño microcosmos : las gitanas , los anunciantes, el cantante, el anciano y su samaritano, los vagabundos y pordioseros, el burgués , la fotógrafa, y el testigo, otro burgués también. Y no me basta con decir que todos somos seres humanos. No me satisface una abstracción.
. Javier Estangüi Ortega
Es Madrid…
Pero últimamente, sobre todo los días festivos, hay mucha otra gente también, que se suman a todo eso y hace que casi no se vea el Madrid que veíamos cuando éramos pequeños….
Debe ser que ya no somos pequeños. A mis nietos sí les parece Madrid..