Le duele la vida
Lleva siendo mendigo más de veinte años. Viste con elegancia: jersey de cuello alto, pantalones de pana y mocasines . Frisa los setenta. Pelo largo y nacarado, barba crespa y luenga similar a los patriarcas de la iglesia ortodoxa, ojos de un azul suave, de mirada extraviada, como si buscaran algún arcano más allá del horizonte o se hundieran en la sima de un recuerdo del que no pudiera regresar. Sentado en un taburete junto a un perrillo , un cojín sobre el que yace un libro y una bandeja, sin abrir la boca , sin letrero alguno, -blasonado con esos gazapos ortográficos voluntarios o involuntarios -, como otros mendigos-, se conforma con cuanto le ofrecen. Se que es un mendigo porque así me lo han dicho en el pueblo y porque acepta sin rechistar las limosnas que unos y otros arrojan o depositan sobre su bandeja. Parece un aristócrata disfrazado de mendigo. Parco en palabras ,una vez le oí dirigirse a quien lo había lanzado una moneda con el gesto de quien arroja la pitanza a las gallinas o la carnaza a las fieras.» Debe vencerse y aprender a inclinarse para amar», le dijo. Y a otro que se agachara para depositar con gesto clandestino la moneda en la bandeja, le espetó:» No viva de puntillas».
En los mentideros del pueblo sostienen que antaño vino de un país del este y se hizo mendigo para exorcizar su soledad y porque le duele la vida. Mas yo lo contemplo como a un tasador de almas. A los perdidos en los laberintos de sus ambiciones, en las galerías de espejos , corredores de la muerte , su sola presencia les muestra la otra mendicidad, la invisible, la ignorada, la incapaz de transcenderse.
Javier Estangüi Ortega