una enseñanza de calidad
“¡En esto os reconozco yo doctos señores!
Lo que no podéis palpar esta para vosotros a millas de distancia,
Lo que no podéis asir os falta por completo,
Lo que no podéis calcular, creéis que no es verdad,
Lo que no podéis pesar, creéis que no tiene peso alguno,
Lo que no podéis acuñar, eso creéis, carece de valor” (Goethe).
El libro de la Naturaleza- escribió Galileo-está escrito en caracteres matemáticos. El quehacer de los hombres-creen los tecnócratas- con lo que alimentan su sueño de planificación y control- puede y debe ser medido y expresado en cantidades. Empleo la expresión de René Guénon “reino de la cantidad” para referirme a esa tiranía mental que reduce a criterios de tiempo, productividad, rentabilidad y eficacia todas las actividades humanas. Ese reduccionismo que reduce al hombre a “homo faber” y le querría someter a una incesante laboriosidad cuyo modelo sería un Sísifo reducido , un hámster que hace girar sin tregua la ruedecilla a la que va encaramado o un animal de la agroindustria a los que, claro está, de cuando en cuando se les recompensaría con alguna golosina. Al fin y al cabo lo que pierde el espíritu puede ganarlo el estatus.
La rendición de la universidad a los sistemas de créditos, la estimación de la valía por la cantidad de artículos publicados, la confesión de que, por fin,la universidad se abre a la sociedad, con lo que se quiere decir al mercado;el desprecio hacia los pocos que aún piensan que ha de haber espacios en donde se anhele, la verdad, el bien y la belleza, vistos como antiguallas a los que la historia se encargará de jubilar, son el golpe de gracia a la cultura.
Porque la cultura- como el cultivo-precisa de ese tiempo donde aparentemente nada ocurre. Precisa de esos remansos en donde el hombre gana en profundidad, acrecienta su mundo simbólico y, por tanto, el universo del sentido y celebra la vida colmada. Esa actividad no puede ser llamada producción, sino creación o recreación y su resultado no es un producto sino una transformación interna o una obra. Un saber, en su sentido etimológico: el saber que la vida es sabrosa cuando uno penetra en sus significados. Pues,¿ de qué nos serviría atiborrarnos de alimentos si perdemos el sentido del gusto?.
Quienes pretenden dirigirnos y dirigir la vida en su desconfianza de lo orgánico, en su ignorancia de lo que es fruto no de la actividad ciega sino del regalo y del don, de la disponibilidad el ser humano a estar abierto, en su miedo a la vida, no pueden hacer sino planificar y medir. Y al final lo que tienen entre las manos es un hueso resecado exento de sangre y carne al que, por un proceso de mágica transustanciación- pretender dar vida.
Los que hoy reivindicamos una enseñanza de calidad no podemos dirigirnos a instancia alguna que no seamos nosotros mismos. Hemos de comenzar por nosotros, por el amor que sintamos a la cultura, al estudio, por el sacrificio que estemos dispuestos a hacer. La respuesta no puede ser técnica sino humana. No podemos engañarnos deseando cambiar el mundo sin estar dispuestos a cambiar. Y mucho menos pidiendo que se administre lo que es inadministrable: la calidad. Y menos que menos a los liliputienses a los que la prensa y la televisión encumbran como gigantes.
Javier Estangüi Ortega