sobre la calidad de la enseñanza ll

 

“Yo sólo me ilumino con lo inconmensurable” (Giuseppe Ungaretti ).

 

Estoy convencido de que la crisis actual, para los que no pasamos hambre ni estamos acuciados por la subsistencia, supone un empobrecimiento no sólo de la renta, sino de algo mucho más importante como es el mundo de las vivencias. Y creo que la raíz de la actual crisis económica no ha de buscase en la avidez por el dinero, ni en la economía de casino-como se la ha dado en llamar, ni siquiera en la corrupción moral, sino en una visión de la realidad y del hombre que reduce a éstos, que los identifica con una parte de la totalidad de su ser, parte que luego, cuando falta una visión integradora carece de compensación, crece hasta la inflación y se desarrolla patológicamente. Y es esa visión empobrecida de la realidad la que inexorablemente no puede sino empobrecernos más,  envolviéndonos en el círculo vicioso de la profecía que se cumple a si misma, puesto que cuando identificamos lo real con aquello a que lo hemos reducido ya sólo podemos advertir aquéllas manifestaciones de la realidad que validan dicha reducción, tomando como sueños, quimeras, visiones o manifestaciones patológicas cuanto en nuestro pensar y hacer se sustraiga a dicha visión del mundo. No sería descabellado tomar algunos “síntomas” de las llamadas “enfermedades mentales” como intentos fallidos de transcender esa jaula simbólica. Así, por ejemplo, la histeria que Freud explica como la “conversión”(proceso casi mágico por mucho que se esfuerce en su teoría), en virtud de la cual un conflicto psíquico se expresa y canaliza como inervación somática podría ser un intento inconsciente del enfermo por poner de relieve la unión psique-soma, que la medicina orgánica de la época no consideraba en absoluto. Intento patológico, cierto, más forzado en buena medida por la propia visión de la realidad de la época. Así como los delirios del esquizofrénico serían la expresión exagerada y deforme del mundo de las vivencias que nuestra cultura se empecina en desterrar como no objetivo y, por eso, apenas susceptible de experimentación ni de conocimiento científico alguno. El propio Carl Jung subrayaba como nuestra civilización privilegia el tipo extravertido sobre el introvertido (como demasiado subjetivo) y los procesos de asimilación sobre los de adaptación y creación.

El que se pusiera énfasis en que el conocimiento experimental-en virtud de que los experimentos pueden repetirse a voluntad por cualquiera que fuera el observador- como  único tipo de conocimiento de lo real; puesto que las vivencias son “subjetivas” e irrepetibles, empobreció nuestro mundo interno. El arte ,una de las vías regias para el conocimiento de uno mismo y de la realidad fue devaluado como entretenimiento para los momentos de ocio o, para expurgarlo de su pecado original, la recreación del mundo de las vivencias, fue aproximado a los llamado saberes científicos. Así, presos de un complejo y un  papanatismo que hacen época, algunos conservatorios de música se autodenominan instituciones donde se imparten “Ciencias musicales”.

En la escuela se nos enseñó que era un craso error el intento de sumar peras y manzanas. Creo que llevamos siglos haciéndolo. Hemos reducido el conocimiento al conocimiento científico e identificado éste con la totalidad del saber, el trabajo al trabajo abstracto y cuantificable-como ya observó Marx-,pese a que sus epígonos trataran de calcular la tasa de ganancia e incluso la tasa de plusvalía para cuantificar la explotación. La felicidad la hemos reducido al bienestar y hemos creído que éste consistía en un acrecentamiento de los artefactos y un aumento de la renta per cápita. Más tarde hemos hablado de estado de bienestar y de calidad de vida y hemos reducido a ésta-en un contrasentido-a términos cuantificables. La inteligencia es, naturalmente, lo que miden los test de inteligencia. En suma, hemos unido planos diferentes de la realidad, entidades desiguales. Hemos sumado peras y el resultado de la suma han sido manzanas.

El que hoy se preocupe por la calidad debe ,ante todo, preocuparse por la profundidad del mundo de las vivencias, por restituir al arte en el puesto que le es propio, no domesticado a la condición de entretenimiento ni diversión, sino como vía a lo que todavía no ha caído bajo el dominio de la cantidad ni de la compulsión por el control. El recuerdo de la vida. Lo que antaño se llamó mundo de los dioses. ¿Acaso el Dios hoy no es la Vida Plena, el espacio abierto que transciende al control al que nuestra cultura querría someterla?. El Arte es su epifanía. Y el drama la recuperación, aún con la conciencia del sufrimiento ajena al hedonismo actual, de la intensidad de la misma.

 

                                   Javier Estangüi Ortega

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