el populismo

                   

 

El populismo es un fenómeno político geográficamente muy expendido. Ha existido y existe populismo en Rusia, en EE.UU, en América Latina, en África…. Lo que comúnmente se entiende por populismo es una práctica política que se identifica con una falacia llamada “ad populum”: excitar los instintos más bajos de la multitud, de la masa, con el fin de manipularla, de dirigirla políticamente. Si aceptamos esta definición, el populismo puede ser considerado no sólo como un fenómeno político sino también, y esto es lo característico y lo triste de nuestros tiempos, como una tentación permanente de aquellos que participan en la acción política. Identificar y denunciar el fenómeno, precisamente para evitar la tentación  populista, parece hoy necesario, porque ambos, al amparo de la cobertura que les ofrecen los medios de comunicación de masas, aparecen como unos de los peligros más claros de la vida política.

Los populistas suelen presentarse a sí mismos como superadores de lo  que ellos consideran falsas dicotomías, como la de derecha e izquierda. Suelen presentarse como un movimiento interclasista que hunde sus raíces en la verdadera identidad, una identidad que estaría basada en lo natural frente a lo artificial, en lo común frente a lo que distingue, en lo que une frente a lo que separa, en el “nosotros”, frente al “ellos”.

El populismo suele florecer en momentos de grandes cambios, en periodos de crisis económica y de movimientos migratorios. Aparece como una respuesta casi espontánea al desarraigo, a la miseria, y a la crisis identitaria. Una respuesta que estaría por encima de los partidos políticos y de las ideologías. El populismo hace gala de “apoliticismo”, de sostenerse en lo natural y espontáneo frente a lo artificial y sofisticado, en lo propio frente a lo ajeno, en el ciudadano sano y sencillo frente a los especuladores, en lo sano frente a lo enfermo. El populismo dice defender lo pequeño, sea la pequeña propiedad o la pequeña empresa frente a toda forma de gigantismo, sea éste el de la gran banca o el de la gran propiedad. El populismo dice defender  “a los que verdaderamente trabajan y  crean riqueza”, se sitúa entonces al margen de la política, a la que considera el campo de la corrupción, el robo y el despilfarro, y en contra del capital especulativo, al que considera responsable y único beneficiario de las crisis económicas.

El populismo, que pretende estar anclado en el “sano sentido común”, coloca bajo sospecha cuando no desprecia a todo intelectualismo, por creer que siembra el escepticismo y la duda en el pueblo, haciéndole perder esas convicciones que le hacen reconocer a sus líderes y encontrar la forma de defender sus derechos.

Pero lo que el populismo es capaz de ofrecer a cambio de todo lo que critica es solo, y casi siempre, un ciego seguimiento a un líder de falso carisma, a un líder demagógico que envuelve a sus seguidores en una retórica vacía, moralizante, sentimental y llena de tópicos como “trabajo”, “pueblo” y “gente decente”, y que termina arrastrando a la gente a una dialéctica “nosotros-ellos”, “amigo-enemigo” de peligrosas consecuencias.

¿Cómo reconocer a los populistas? La prueba del nueve la ofrece la economía. A la postre los populistas no conocen otra economía que la de la requisa. Una vez conquistado el poder, el líder populista da vía libre a las confiscaciones de una partida de la porra casi siempre reclutada de los estratos más bajos de la sociedad y a la que ha convertido en su ejército pretoriano. Una vez que ha alcanzado el poder, el líder populista conduce su país en breve tiempo a la miseria. Si de algo no es capaz el populismo es de organizar una economía estable y próspera. Los historiadores no tienen difícil  identificar  el  populismo. Los ciudadanos, que nos jugamos más, tenemos el deber de impedir que alcance el poder para no convertirnos en sus víctimas.

Francisco Javier Martín Campillo

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