La jauría
» Juzgad y no seréis juzgados», así tergiversa la jauría el texto sagrado. La jauría es cobarde por naturaleza, su vocación de cazador es aparente ,pues tan solo cuando la presa ya está herida, se apresta a rematarla para exhibirla como trofeo y vanagloriarse de su fraudulenta lucha contra el » mal» finalmente abatido. Por eso su ser se asemeja mas al carroñero que al del cazador o al guerrero. La jauría saca siempre rédito del caído, sea pecuniario, moral, o ambos. En el caído persigue siempre a su propia cobardía, su resentimiento, su vergonzosa postración ante el antes idolatrado y ahora herido por el rayo de la realidad, la calumnia o la opinión manofacturada. La jauría nunca ve ante si a un ser humano sino a la encarnación de un tipo: clase social, ideología, vicio, mal, o lo que sea. Así sus razonamientos mas que » ad hominem» son » sub hominem». Donde antes veía palacios no ve sino alcantarillas, donde lo excelso, el fango. La jauría es como una serpiente venenosa, cree purificarse de su veneno denunciando el veneno ajeno . Con frecuencia se rasga las vestiduras por el dedal de vino adulterado dentro un tonel. En la jauría confluyen el ladino, el fariseo, el ventajista y el coro de quiénes , pobres de espíritu y corazón, son cadáveres morales que tan solo pueden vivificarse odiando. Finalizado el banquete de despojos, degradado y deshonrado el » criminal», puesto en la picota y lapidado en verbo por toda esa ralea de voceros que se autoproclaman periodistas y no son sino esbirros; la jauría se relame de su sangre, regresa a la araña negra de la vida en blanco, se sume en su habitual modorra y espera inquieta a que los hipnotizadores den la señal para la próxima batida.
Javier Estangüi Ortega