El día de los difuntos
La palabra «difunto», proce del latín » defunctus» , participio de » defungi», y viene a significar » el que ha cumplido», » el que ha terminado». Nuestro tiempo , acostumbrado a dar la espalda a los dramas de la vida y de la muerte , adicto a los eufemismos, ha convertido al difunto en » desaparecido», como ha degradado a los ancianos convirtiéndolos en » viejos» o, en esa visión lineal, falsa, y almibarada de la vida , en «miembros de la tercera edad».
Una civilización que no para de cacarear y exhibir la bandera de la libertad , la ciencia y el conocimiento, se delata incapaz de mirar a la cara a las realidades primera y última. El difunto ha de convertirse con celeridad en cadáver del que hay que deshacerse sin demora de modo que, como si fuera una peligrosa emanación radioactiva,hemos de evitar que nos espete e interrogue antes de que nos alcance Terminus con un :»¿ Y tu qué haces de tu vida?¿Qué harás a partir de ahora?.» Pues todo muerto, tanto mas cuanto mas cercano nos sea, lleva en sus labios, jamás sellados, la pregunta póstuma, el postrero regalo que nos otorga como herencia primera . Una herencia inagotable y que culminará con la muerte del último recuerdo , el último vestigio o el último objeto lárico , como le gustaba a Rilke denominar a esos objetos familiares , insustituibles, únicos .
En el actual empeño por desenraizarnos se ha reemplazado el día de los difuntos por la celebración pagana de Halloween. La nostalgia, el dolor refundido en amor y gratitud, los abismos de la memoria, son velados por las máscaras de un estruendoso y horrendo carnaval , donde la muerte , grotesca, trampantojo disfrazado de fantoche, no es sino una esperpéntica mueca despojada de esperanza.
Javier Estangüi Ortega