la calidad de la enseñanza 5

 

“Al querer explicar demasiado-( se refiere a la crítica)-, no trata suficientemente de comprender, lo que exige un espacio en que la obra, puesto que está inspirada, no deje de respirar. “ ( Jacques Mercanton- citado por José Ángel Valente ).

 

Fueron los pensadores alemanes de finales del siglo XIX y principios del XX quiénes establecieron la distinción entre las ciencias de la naturaleza y las del espíritu. Dilthey fue uno de los autores que más énfasis puso en diferenciar un saber de otro. La distinción entre explicación y comprensión fue fundamental en la ordenación de los saberes.

A las ciencias naturales compete dar “explicaciones” (explicar etimológicamente quiere decir “allanar”, eliminar los pliegues); a los saberes del espíritu-sean la historia, filosofía, religión o la literatura-, les corresponde ese esfuerzo por comprender que, en realidad, llamamos “interpretar”. Y esto es así porque las obras de este tipo no están acabadas como lo puede estar un producto de la técnica o un problema de Lógica, son inagotables, y quedan siempre referidas a un hombre que , necesariamente, se vierte en ellas para aprehender su sentido.

El que se haya intentado aplicar el método científico para “explicar” exhaustivamente las creaciones del espíritu y se haya querido aplicar este método a la misma pedagogía no es sólo un craso error, sino que encubre algo más grave: una concepción absolutamente reduccionista del ser humano. La aplicación de este proceder ha llevado a lo que ya todos podemos observar: un ser al que le desazona la ambigüedad y que redefine las experiencias cumbre de su vida como problemas que cupiera resolver, que sólo se encuentra a gusto en un lenguaje unívoco y en un mundo esclarecido y clausurado, que toma la llamada “normalidad” como algo evidente e incuestionable, ajeno por completo a la poesía y al arte salvo que éste le sea suministrado en una exposición o una visita guiada que le sirva para acumular experiencias enlatadas.

Un ser saqueado por todo tipo de expertos que le hacen creer que es posible descifrarlo por completo y prescribirle lo que realmente necesita, pero que, las más de las veces, lo privan de su anhelo y lo devuelven su dolor y tratan de ocultarle y ocultarse, lo que el arte recuerda , la herida del tiempo, la fragilidad no disfrazada de fórmulas ni diagnósticos, la incertidumbre de la existencia , la imposibilidad de un encuentro genuino allí donde el prójimo no es experimentado como misterio.

La proliferación de “ofertas culturales”, exposiciones, guías y catálogos no son necesariamente índice de un creciente interés por la cultura. Son, más bien, la señal de que el arte mismo se ha hecho inocuo, ha sido subsumido –como la historia- en un tiempo desde el que ya no puede dirigirnos la palabra más que como objeto de diletantismo y curiosidad, cuando no como antigualla que es señal de buen gusto conocer.

La concepción del tiempo lineal ha contribuido a esto. A            sí se nos hace creer que la última novela exhibida en los escaparates de todas las librerías es más actual que la obra de Platón, aun cuando está resuene más y nos haya conformado en lo que realmente somos. Freud hablaba de recuerdos encubridores, recuerdos que, en realidad, cumplen la función de esconder lo que realmente importa de nuestro pasado. Así acontecimientos que ni siquiera recordamos, tienen infinitamente más peso en nuestro obrar actual que recuerdos de sucesos inmediatos.

Se podría decir que gran parte de la proclamada cultura sirve actualmente  como un gran recuerdo encubridor: de nuestra complejidad y fragilidad, de la imposibilidad de planificar la vida y la historia, de nuestro mundo simbólico y su riqueza, del pasado que aún resuena en nosotros, de la cultura encarnada que no es el resultado de proyectos, ni programaciones ni objetivos ni campañas-( por cierto, que revelador es este lenguaje de estratega militar y comercial ).

Se atribuye a Hitler el haber declarado que había ayudado al pueblo a “des complicar la realidad”. Toda la industria cultural actual camina en esa misma dirección. Justo por eso hemos de intentar comprender más y explicar menos. Puede que la misma “explicación” haya de ser “comprendida “. A fin de cuentas  ¿no han imaginado los artistas al Creador como poeta más  que como matemático?

 

                                         Javier Estangüi Ortega

 

 

 

 

 

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