historias que nos invitan a pensar 1
El discípulo dilecto de Freud, Carl Jung, su “ príncipe heredero “, como Freud mismo lo llamó antes de su ruptura con él, tuvo siempre una gran inquietud por conocer culturas distintas a la cultura occidental. ( En otra ocasión relataré una de las experiencias cumbre que tuvo charlando con un hechicero ).
Ahora ya estamos en África con Jung. Un continente casi virgen y apenas asolado por el turismo. Dioses, ritos y creencias aún no mezclados con las de los colonizadores.
Después de contratar a un intérprete y alquilar un todoterreno se dirigía con éste por la sabana cuando divisaron a un hombre a pie que llevaba un gran carga a su espalda. Jung se apiadó de él y por medio de su acompañante invitó al nativo a subir al vehículo. Este se mostró reticente , parecía desconfiar, más, al cabo, rindió su resistencia y subió . Pasado un tiempo, Jung y su intérprete, advirtieron como el nerviosismo y la agitación se iban apoderando del nativo. Gesticulando, como preso de un hechizo, les suplicó detenerse. Así lo hicieron. El nativo, sin que mediara explicación alguna, bajó raudo del vehículo y, precipitándose hacia fuera, se tumbó boca abajo sobre la tierra .
Jung, que era médico , atribuyó a un mareo el comportamiento de aquél hombre. Al fin y al cabo jamás debía de haber visto un vehículo y mucho menos haberse subido en él. Tal vez fuera un error el haberlo invitado a subir. Inquieto por el estado de aquél desconocido se dirigió al intérprete para que preguntara a aquél hombre ,que aún continuaba tumbado sobre la tierra, si se le había pasado ya el mareo.
Lo sorprendió lo que oyó: el nativo no estaba en absoluto mareado. “ ¿Pues qué le ocurre?- inquirió desconcertado”. “Dice- respondió el intérprete- qué íbamos tan deprisa que se ha dejado el alma atrás y tiene que esperarla “.
Javier Estangüi Ortega