a vuelta con las dos Españas

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La persistencia, cuando no el empecinamiento en recordar, en resucitar las dos Españas, en empeñarse en dibujar la historia de España de forma maniquea, como una lucha entre buenos y malos;, debe hacernos reflexionar sobre qué destino fatal parece impulsarnos a volver una y otra vez a tropezar no dos veces, sino mil veces, en la misma piedra.

Somos incapaces de usar el “nosotros” al hablar del pasado porque somos incapaces de asumir nuestro pasado, y eso nos lleva a no plantearnos los problemas históricos de manera que podamos poner las bases de su resolución, sino como una búsqueda de culpables. No nos planteamos que hacer para evitar viejas luchas y conflictos civiles, sino quiénes fueron los culpables en esos conflictos. Planteamos la historia como una revancha y nunca como una ayuda en la búsqueda de soluciones.

En el periodo álgido del tardofranquismo el régimen acuñó un slogan con dos lecturas, una publicitaria, cara al exterior, y otra subliminal, cara al interior. El slogan, muy conocido, y que seguro que será recordado por los de más edad, decía así “España es diferente”, lo que podría traducirse políticamente por “ A los españoles nos corresponde, nos conviene, una dictadura”.

Conscientes de las intenciones que reflejaba la propaganda franquista, un grupo de intelectuales no afines al régimen no tardó en abrir una polémica contraria a los objetivos que nada ocultos del slogan. Tal vez, el portavoz de esta polémica fue Don Julio Caro Baroja con su conocido estudio “El Mito de los Caracteres Nacionales” donde, como el título indica, se negaba que las naciones imprimieran carácter a sus ciudadanos.

Es fácil negar que exista una especie de fatalismo genético que padecen los hijos de la nación española, pero no es tan fácil afirmar que siglos de haber compartido un espacio, un orden o un desorden político si se quiere, una historia en suma, han sido en vano. Más bien parece que una lectura desapasionada de los autores políticos del siglo XlX parece no dejar duda de que nuestros problemas políticos son crónicos, y que los autores de este siglo fueron más perspicaces que nosotros tanto en identificar nuestros males, como en propuestas para ponerles fin. Y si esta afirmación parece exagerada invito a los que no estén de acuerdo con ella a indicarme algún estudio político actual superior, o siquiera más actual, que estos dos de Don Gumersindo de Azcarate, escritos en la Primera Restauración, que yo propongo “El Régimen Parlamentario en la Práctica” y “El self goverment y la Monarquía Doctrinaria”.

Si el estudio de la historia debe servir para destruir tópicos sacando a la luz lo oculto o lo olvidado, hay algo que el conocimiento de nuestra historia nos pone con insistencia delante de los ojos: las famosas dos Españas son las dos caras de una misma moneda que tienen mucho en común, el haber impedido que pudiera nacer y desarrollarse una tercera España infinitamente más sana que las dos que han acaparado el protagonismo, impidiendo que esta tercera España pudiera siquiera ser semilla de un futuro distinto al que todas las generaciones de los siglos XlX y XX han padecido.

¿Quiénes forman esta tercera España? Ahí van dos ejemplos: Los erasmistas y los krausistas. ¿Se quieren nombres? Ahí van: Jovellanos y Unamuno. Las dos Españas han puesto todo su empeño en que sólo la una pudiera ser alternativa a la otra y la otra a la una. Las dos Españas han puesto todo su empeño en que se cumplieran los versos de Machado: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón»

Francisco Javier Martín Campillo

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