la transición política española

LA TRANSICIÓN POLÍTICA ESPAÑOLA

 

Escribo estas líneas desde el convencimiento de que buena parte de la culpa de que la crisis económica revista entre nosotros especial gravedad, y de que  nos mostremos incapaces de enfrentarnos a ella, es debido a la forma en que se llevó a cabo la  tan elogiada transición política española.

A la vista del resultado de la Segunda Guerra Mundial, la élite dirigente del franquismo tuvo claro que el Régimen debía abandonar el modelo mussoliniano en que se había inspirado hasta entonces. Habían triunfado las democracias y no se podía ser otra cosa que demócrata, lo que consiguieron los jerarcas franquistas fue posponer la llegada de la democracia a España ad calendas graecas, es decir, hasta la muerte de Franco.

La élite dirigente española de aquella época se convenció de su bondad política con un esquema argumental  bastante  simple  que fue el faro que la iluminó durante al menos veinticinco años:

1.       En España acabaría habiendo una democracia se quisiera o no.

2.       En España habían fracasado los distintos experimentos democráticos por la inexistencia de una clase media que hiciera de contrapeso a los radicalismos.

3.       Para que en España pudiera haber una clase media eran necesarias dos condiciones: estabilidad política y desarrollo económico. Pues manos a  la obra.

Este fue el proyecto político avalado por Europa que integraba a España en la unión económica que se estaba construyendo asegurándose que su papel sería secundario, subsidiario, y avalado también por USA, que  hacía cómplice a España de su política militar y económica en Europa, norte de África y cono Sur de América Latina. Desde luego, todo estaba “atado y bien atado”. Los franquistas nostálgicos de la primera época, los que hablaban de la revolución pendiente, fueron desplazados del poder y reducidos a un folklorismo ritual.

                La clase dirigente franquista amparada en un cinismo no siempre disimulado, pudo disfrutar de las prebendas del sistema, convencida además de que estaba haciendo más por la democracia siendo franquista y enriqueciéndose, que los demócratas antifranquistas. De hecho, el único debate que permitió en su seno, entre fraguistas y tecnócratas fue el de si al desarrollismo económico debía acompañar o no una tímida, claro está, apertura política. La clase dirigente franquista entregó gustosa al Partido Comunista el protagonismo de la oposición porque estaba interesada en que la alternativa fuera “o nosotros o el comunismo” y no “o nosotros o la democracia”.

                ¿Pero puede haber realmente una democracia donde no hay cultura democrática? ¿Puede haber realmente una democracia donde no hay demócratas? El desarrollo económico, la capitalización de España, no fue la obra de un empresariado innovador, y que aceptase el riesgo y la competencia creando riqueza, fue obra del turismo y de los emigrantes. ¿Puede existir una democracia donde la mayor parte de la riqueza provenga de subvenciones y de favores de las instituciones públicas?

                ¿Pero puede haber una democracia donde no  ha existido libertad, condición necesaria para que exista una intelectualidad que suministre ideas para el debate político, ni unos órganos libres de expresión que posibiliten la formación de la opinión pública? ¿Puede haber una democracia donde no existe una sociedad civil que se organice a todos los niveles político, económico y cultural creando sus órganos de expresión y de organización democrática? ¿Puede haber democracia donde no hay cultura democrática, ni hábitos de información libre, ni de discusión, ni de participación? ¿Puede haber una democracia donde a ningún nivel  se cuenta con políticos que sepan gobernar y administrar democráticamente? Siempre se apela a que las circunstancias eran muy difíciles y no se pudo hacer más de lo que se hizo, ¿pero se quiso realmente establecer una democracia, o poner las bases para avanzar hacia la democracia?

                Todo parece indicar aquellos políticos no buscaron la democracia sino ser homologados como demócratas, y que razonaron así:

-“¿Dónde hay una democracia?

-Donde hay partidos y se vota”

                Pero resulta que los partidos más votados fueron unos partidos recién creados, improvisados, el uno desde las cocinas del poder franquista, el otro desde la ejecutiva de la Segunda Internacional. El ganador de las dos primeras elecciones, la UCD desapareció sin dejar rastro en apenas cinco años, y el PC, que venía avalado por haber sido el partido más activo en la oposición al franquismo, apenas llegó a los veinte diputados. Es que los partidos no se improvisan, los partidos son, deben ser, expresión organizada de la sociedad civil o no se comportan como fuerzas democráticas sino suplantadoras de la democracia.

                El término” consenso” no es un término avalado por la praxis democrática. La praxis democrática consiste sencillamente en el respeto a las mayorías. El respeto a las mayorías y el imperio de una cultura democrática excluyen la crispación e  impedir la alternancia. Es vital en una democracia, que exista un funcionariado al servicio del Estado democrático y no de los partidos, en ningún caso en una democracia el estado puede ser visto como un botín para el que los resultados  electorales establecen la proporción del reparto. El “consenso” de la transición condujo a una organización territorial en la que predomina el derroche y el clientelismo.

¿Contamos con  un Estado democrático estable y eficiente? ¿Existe un empresariado capaz de asegurarnos una economía próspera, de crear riqueza y que no viva de los privilegios que le otorgan las distintas administraciones? ¿Existe una intelectualidad crítica con el poder y capaz de orientar  a la opinión pública? ¿Existe siquiera cultura, existe creación cultural? ¿Existe una sociedad civil capaz de dotarse de unas instituciones que garanticen que el poder esté  a su servicio? ¿Existe una justicia independiente capaz de protegernos de la corrupción? Si nada de esto existe, o no existe al menos como debiera, en buena medida es culpa de cómo se hizo la transición.

Francisco Javier Martin Campillo

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