Historias que hacen pensar 2

Historias que invitan a pensar (2)

 

Relata Saint-Exupéry en su obra “Vuelo nocturno” la muerte de un aviador que sobrevolaba los Andes y, viéndose envuelto por un tifón, atravesó las nubes para remontarlo tras de lo cual se encontró en medio de una densa calma, en  un vasto espacio sembrado de estrellas. Lo describe así : “Había penetrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas venturosas. La tempestad, debajo suyo, formaba otro mundo…Erraba entre las estrellas acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía fuera de él…Semejante a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los tesoros, de dónde no sabrían salir. Entre pedrerías heladas, erraban infinitamente ricos, pero condenados” (Vuelo nocturno).

El autor describe el arrojo de aquéllos pioneros de la aviación que, durante sus vuelos, encontraban siempre lo desconocido porque no había ruta más que la que ellos mismos desbrozaban en sus vuelos.

Más la situación descrita por el autor corresponde también a una región del espíritu. Abajo la tierra , ya invisible para el aviador que no ha intentado el aterrizaje por temor a perder su vida  y, entre ésta y el cielo en una calma absoluta, el tifón que zarandeaba al avión y al piloto como peleles y  éste que, en un desesperado intento de salvarse ,se eleva hasta encontrarse en una tumba celeste; pues es ahora precisamente cuando se hace imposible la bajada y no queda más que esperar la muerte tan pronto como se agote el combustible, en medio de ese cielo maravilloso y apacible.

Y es a través de esta narración extraordinaria cómo uno empieza a preguntarse por lo extraño que es que un cielo paradisíaco alberge la muerte. Un cielo límpido ,infinito, cuya luz baña al piloto, se muestra, falto de vínculo con la tierra, como un inmenso ataúd. ¿Sucederá lo mismo con el espíritu que cree que, desasiéndose de lo terrenal, alcanza su más suprema perfección?. ¿No es esta la tentación a la que sucumbimos todos para evitar los tifones, es decir, lo que nos sacude y remueve con violencia, tal vez, precisamente, porque estamos dormidos?. El tifón como la región de la contradicción, de los temblores del alma, del que se puede intentar huir hacia arriba o hacia la tierra, pero que no permite, sin riesgo de muerte, estar demasiado tiempo  en su interior.

Y la tierra como el reino del regreso, de la entrega, de la semilla sembrada, del sacrificio que, según el mismo escribe, ”no significa amputación ni penitencia”. Como la casa del hombre, aunque el hombre deba siempre volar y remontarse al cielo, aún a riesgo de quedar atrapado en un tifón. La tierra, la propiedad del hombre. Mas una propiedad que “no es una suma de intereses. He ahí el error. Es la suma de dones.”

Una tierra que sólo se anhela, por otra parte, vista desde el vuelo del aviador, de los viajeros que, según describe Saint –Exupéry regresan con más nostalgia aún de sus viajes, más ausentes y, sin embargo, o precisamente por eso, más capaces de entregarse a todo cuanto existe.

Y es en esta época de crisis cuando más hondo cala este relato de Saint-Exupéry. El hombre,  cielo-tifón-tierra. Y el tifón que nos invita a alejarnos de la tierra, para huir de él, en una huida que es alejarse del peligro para caer en brazos de una muerte dulce. Y el regreso a casa, por otra parte siempre difícil y en absoluto exento de peligros, al mundo que, desde la infancia, nos ha suministrado reservas de ternura, al mundo en que jamás se alcanza placidez alguna, más precisamente por eso, uno se vivifica y vivifica al otro en una suerte de olvido de si y recuerdo de lo humano que es entrega,  en la que el tiempo, que pasa y nos desgasta, nos corona.

Saint- Exupéry que se vació, que no quiso ser, como él mismo dijo de algunos intelectuales franceses, un tarro de confitura reposando en los anaqueles que se abriera y se probara después del paso del tifón de la segunda guerra mundial. Ajeno por completo al liberalismo y al socialismo,- pues contrapuso el don al interés y el hombre a lo gregario. Saint-Exupéry, “el don de sí mismo al ser que se pretende encarnar”, como dijo del anhelo que lo llamaba.

                             Javier Estangüi Ortega

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