sobre la calidad de la enseñanza 6
La calidad de la enseñanza (6).
“¿Dónde está el saber que nos ha robado la información? ¿Y dónde la sabiduría que nos ha robado el saber ?” (T.S. Elliot )
Uno de los síntomas de la crisis cultural por la que atravesamos es la alianza entre las llamadas “nuevas tecnologías” y el protagonismo que han adquirido los periodistas, los deportistas y, los denominados por la propaganda, “líderes políticos”.
La desconsideración hacia lo humano es tal que ya no es extraño ver que en un programa de televisión o en una reunión de la índole que sea, cualquiera pueda estar manipulando el ordenador al tiempo que otro expresa su opinión. Como si la comunicación humana ya no fuera posible sino a través de esos mediadores cuya pantalla reviste la autoridad de un oráculo. Porque ya no se busca el saber en la propia experiencia del mundo y de la vida o en el encuentro con otro ser humano sino que-como ya señaló Günther Anders- nos encerramos en casa, o nos parapetamos tras las pantallas, para que nos suministren todo aquello que buscamos y que se limita cada vez más, pues los artefactos configuran y reducen a los hombres a usuarios, a lo que los aparatos pueden ofrecernos.
La distancia necesaria entre los seres humanos para que la intimidad no fuera violentada exigía interponer entre los cuerpos el mobiliario y entre las almas los rituales, hoy en día exige una completa deserción en donde el alma se aturde en el ciberespacio y el cuerpo es reducido a poco más que una secuencia de tics nerviosos. La solidaridad que así se establece es la de fugaces miradas de complicidad en la mutua enajenación cuando la mirada descansa por un instante de la pantalla, tal vez para cerciorarse de qué aún se está dónde se está, o por la simple razón de que la velocidad del artefacto no es tan rápida como uno desearía. La posibilidad de un genuino encuentro existe tan solo como fallo técnico- una apagón de la luz o un fallo en el sistema, por ejemplo-, o como catástrofe; apenas ya como celebración de la vida consciente de sí misma.
La vida, cuya complejidad en los organismos más simples es infinitamente más rica que la de cualquier artefacto, es despreciada como una “ innovación” detenida hace ya mucho, al tiempo que se establecen idilios con las máquinas. La memoria es redefinida como “capacidad de almacenar información” en un olvido del origen del maravilloso verbo “recordar” ( recordis) que alude al acto de volver a hacer pasar las cosas por el corazón. El cerebro es interpretado como una especie de “disco duro” y la comunicación es reducida a un estar conectados al mismo tiempo. Las citas se establecen cada vez con más frecuencia con la pregunta de “¿A qué hora te conectas?”. No nos resulta extraño que en los rituales de exaltación de lo que se nos quiere hacer pasar por un logro de la libertad, se mezcle indecorosamente la música de Beethoven con la visión de un piloto de fórmula uno o la de un astronauta, ambos encapsulados, en una imagen que más que a ninguna otra cosa tendría que recordarnos a la tiranía con que la máquina exige la adaptación del hombre, o al entubamiento de un enfermo asistido, y no a una hazaña de la libertad. Y así, el hombre, despojado de la auténtica libertad, absorbido por la propaganda y por un incesante aflujo de excitaciones que lo aturden puede celebrar estar en sintonía con la época, y hasta compadecerse de otros tiempos de los que nada sabe más que lo que le ha dejado una visión simplificada que ingiere sin esfuerzo alguno como una dulce papilla cómoda de deglutir. La lengua, expresión del alma, como el gesto emancipado del movimiento mecánico, es reducida a una especie de “idioticón” ,el “neohabla” que tan lúcidamente caracterizó Orwell. Junto con la proliferación de los artefactos quien puede negar el aumento de las “palabras plástico” (Pörksen), las palabras chicle que, a fuerza de pronunciarse, nada significan y de las “ideas spray” .¿Pues de qué podría hablar quien ha sido privado de la genuina cultura sin saberlo más que de aquello que, como una ración diaria, recibe de la prensa ?.Hoy el poder, en buena medida, se reconoce y se escucha a sí mismo en las voces que llaman del pueblo. Como la prensa también se valida a sí misma en las encuestas “espontáneas” donde se repite lo que denunció Machado como “libre expresión de pensamientos esclavos”.
Por su parte el deporte sirve como sucedáneo de la auténtica comunidad que, sin vínculos y reducida a público, no puede en sus espectáculos más que agruparse para disolverse horas después. De ahí el creciente interés que los estados actuales, en su constante conspiración contra la sociedad, muestran por el mismo. El entrenamiento que reduce el cuerpo a máquina a la que hay que “machacar”, el incesante registro de marcas a través de toda clase de estadísticas como signo de superación, escamotean el que en la sociedad del “manténgase en forma” se corre para huir y para ocultar que la proliferación objetivos, proyectos y planes de entrenamiento de todo tipo encubren un profundo vacío de sentido. Esfuerzos cuyas metas son cada vez más pírricas como la descripción del trabajo de aquél hombre que hiciera Kafka, “ su fatiga es la de un gladiador y su trabajo ha consistido en blanquear una esquina de la administración”.
Por otra parte qué decir de los “líderes políticos” actuales cuya ocupación es atomizar y fragmentar cada vez más lo que queda de sociedad en una constante conspiración donde lo único que no se tolera es la verdad. Ellos sí que son realmente antisistema: han fraccionado la nación, han desarticulado la sociedad civil y la han fagocitado, hasta tal punto que su ideal sería verse en ésta como en un espejo como el que tenía la madrastra de Blanca Nieves para que la confirmara lo bella que era .El desequilibrio entre la soberbia y la prepotencia de nuestra clase dirigente en relación con sus méritos y sus capacidades da buena prueba de esto.
Creo que todos nosotros estamos amenazados en lo mejor de nosotros mismos. Y que hoy, a mi modo de ver, se nos imponen tareas que son tareas de la época.
Una es otorgar preeminencia al saber sobre la información. Otra, en una cultura cada vez más ágrafa y que privilegia la imagen sobre la palabra, la recuperación de ésta. La tarea de purificación de la palabra es también la tarea de la purificación del alma. Necesitamos bañarnos en aguas lustrales. La tercera es la creación de vínculos que no sean efímeros ni estén tan sólo motivados por intereses. No se nos puede llamar a algo grande apelando tan solo a nuestro estómago o a nuestro bolsillo. Y algo grande, para nosotros, en la medida de nuestras capacidades, puede ser transmitir la llama por pequeña que sea ésta.
Javier Estangüi Ortega.