el marxismo
EL MARXISMO
Visto en perspectiva, el marxismo no es una alternativa sino una herejía del paradigma economicista, cientificista e industrialista en el que todavía vivimos inmersos. El marxismo pretende sustituir la religión por la economía en cuanto a capacidad profética, y la filosofía por la política en cuanto capacidad práctica. Por su capacidad de concitar la adhesión y la fe de las multitudes puede ser considerado como una religión que también contó con un sacerdocio, el partido, encargado de señalar el tiempo de la parusía y las víctimas sacrificables.
El marxismo interpretó a su forma la filosofía de la praxis, que partió de Fichte y de Goethe con el famoso “En principio era la acción”, defendiendo que la verdad de una teoría está en la práctica y que sólo en la práctica se puede escapar de lo abstracto y alcanzar lo concreto. Pero es que existen teorías certeras y equivocadas como existen prácticas certeras y equivocadas, como también la práctica puede ser abstracta.
Marx toma de Darwin el principio de la “lucha por la vida” a la que convierte en lucha de clases. Así, pagaba su deuda con realismo político del XlX, cuyas cimas fueron Napoleón y Bismarck. Su crítica a las ideologías era bastante más que el prevenir contra la inocencia política, era dejar completamente fuera de juego el pacifismo y la ética, era entronizar sin rival el poder y la fuerza. Cualquier defensa del interés común debía ser vista como ocultación del interés propio. El desprecio que Marx sentía por los” ideólogos”, que pretendían enfrentarse a la fuerza con las ideas, era equivalente al que Nietzsche sentía por los “ esclavos”, que pretendían oponerse a la fuerza con la moral.
Marx veía, como su maestro Hegel, la sociedad civil exclusivamente como el campo de batalla de las luchas económicas. Hegel sólo creía posible la superación de las contradicciones de la sociedad civil en el Estado, lo mismo Marx, solo que en este caso el Estado como instrumento de la dictadura del proletariado. Marx no era capaz de ver la principal virtud de la sociedad civil, el ser generadora de cultura. Marx no confiaba en la sociedad ni en los hombres, confiaba en las leyes económicas. Este era su principal defecto, situar la cultura en la superestructura, hacer de ella algo secundario y subordinado. Lo más revelador de Marx es que pudo hablar del paraíso sin hablar de la cultura. Su “a cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades” puede servir tanto para las abejas y las hormigas como para los seres humanos.
Es el tiempo, es la historia, los que deben juzgar a los profetas. Marx aseguró que el desarrollo de las fuerzas productivas traería consigo que la burguesía perdería el poder y que lo tomara el proletariado. Lo que ha sucedido ha sido que la burguesía no ha sido desalojada del poder por un lado, y que el desarrollo de las fuerzas productivas por otro, no ha traído consigo un cambio en el titular del poder, sino un poner en riesgo la supervivencia de la especie humana y de vida misma sobre la tierra. No somos pioneros que vislumbramos ya el paraíso en el horizonte y que debemos soltar lastre para llegar cuanto antes, somos mendigos que debemos buscar en el basurero de la historia lo que pueda ayudarnos a evitar la catástrofe.
Marx, el gran ojeador de contradicciones, el que era capaz de descubrir las contradicciones como quien descubre las trampas en el juego, con su gran as, la revolución, no pudo eliminar la gran contradicción de su sistema. ¿En qué medida dependía la revolución de la voluntad y la capacidad humana y en qué medida de las leyes económicas? ¿La revolución era una oportunidad que se presentaba o una ley que ocurriría inexorablemente? Su maestro Hegel había dejado dicho “el tiempo es el concepto mismo que está ahí”. La revolución es el tiempo de los impacientes. La revolución es el tiempo de los que no creen en el tiempo.
Francisco Javier Martín Campillo