sobre la poesia 2

Sobre la poesía (2).

 

“La poesía es la resurrección de las presencias” (Octavio Paz).

Rememora Octavio Paz en un poema una conversación con Ortega y Gasset. Este le recomendó olvidarse de la poesía, aprender alemán y dedicarse a pensar. El poema es una respuesta a la exhortación de Ortega. Después de describir el efecto de la luz del crepúsculo al entrar en las gotas de agua de un estanque, añade Octavio Paz: “La ignorancia es ardúa como la belleza, un día sabré menos y abriré los ojos.” Estrofas adelante la respuesta a Ortega suena así: “No el presente presentido, la presencia sin más, nada más pleno ni colmado. Dentro de este mundo hay otro mundo, nunca lo vemos. Es la transparencia.”

Charles Péguy, en un poema dedicado a los adultos que reconvienen a los jóvenes por carecer de experiencia, exclama que no carecemos de experiencia sino de inocencia. Y recomienda aprender a desaprender.

Se sabe que las primeras impresiones que dejan las experiencias en los niños son muy intensas, en ocasiones, indelebles. Y eso porque lo viven todo de forma virginal. La inocencia del poema no alude a una regresión a un estado reputado como paradisiaco sino a una disposición al desamparo como estado desde el que se pude experimentar la fragilidad de la existencia. El poeta no conjura la angustia ante lo desconocido con teorías. Atraviesa el umbral, o se adentra en el laberinto, despojado de saberes que se han convertido en vendas que nos ciegan a fuerza de pretender esclarecer a toda costa la existencia y despojarla de su misterio. Sus guías, ya lo vio Dante, son el canto y lo femenino, sean Beatriz, Laura,  las Musas, lo eterno femenino, o el reino de las Madres, como las llamara Goethe. Y es así, a mi entender, por dos razones: porque el reino de lo femenino arrebata al hombre sus falsas vestimentas, le sustrae del empeño unilateral por transcender a la vida por medio de la historia y de la civilización, lo vincula de nuevo con lo telúrico, con la palabra que se cantaba, con el tiempo circular de las estaciones y con los misterios de la vida y de la muerte y porque, además, en el reino de lo femenino pesan más los seres que las ideas y el destino del poema, su cumplimiento, es siempre un rostro, no una ley ni una teoría. Inocencia como recuperación de las raíces de las que se nutre la vida, más no una inocencia exenta de peligros. El poeta siempre se las tiene que ver con las fuerzas de las profundidades, con el abismo. Desnudarse, descender, invocar a las divinidades protectoras y traer el canto como regalo a los hombres. Sólo así la palabra lleva inscrita la señal de la vida. Sólo así el poema es retorta y bautismo. Purificación de las emociones y renacimiento a un tiempo.

Por tanto, inocencia no como regresión sino como traspaso del umbral. Abrir la puerta que el “saber” había cerrado. Recordar la fragilidad inherente a nuestra condición y, en una suerte de alquimia buena, transmutarla en canto.

En lugar de sistema que cobija, desamparo. En lugar de Marte, Saturno. Canto de cisne que se reconoce a sí mismo.

 

                                 Javier Estangüi Ortega

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *