sobre la poesia 3
Sobre la poesía (3)
”La escucha poética no es una aprehensión, es una entrega. Es la renuncia al deseo de poder ínsito en el saber,…renuncia de borrar la alteridad” Hugo Mujica) .
El economista y el tirano son los tipos más opuestos al poeta. El primero porque parte de la escasez, parte de la necesidad que constantemente inquieta y aguijonea al hombre, mientras que en la contemplación de la vida el poeta ve abundancia por doquier. El manantial del que bebe el poeta no se agota nunca, otra cosa es que él mismo se seque o que las Musas acaben por negarle sus favores. El poeta puede sentir la falta, la carencia, pues no deja de ser un ser que anhela, más esa misma carencia queda transmutada en riqueza. “El mendigo, como el poeta-escribe Réne Char-sabe sacar partido hasta de un hueso de aceituna”. Y Emily Dickinson, en un maravilloso verso describe al poeta como el ser que regala “la pobreza incesantemente renovada”. Pobreza que no es escasez sino creación de un vacío, de un espacio necesario para despojarse de máscaras y corazas y albergar el canto. Así todo poema exige un ritual preparatorio, ritual interior que es, en primer lugar, la purificación de un espacio a través del silencio y la escucha. Santuario interior liberado de muros y tabiques, de prisas y proyectos. Apertura que recibe la llamada de los seres, a los que, por un tiempo, hospeda. La poesía no nace de una idea previa que se quiera expresar, eso sería fabricación e ingeniería. Se puede apreciar la violencia que se ejerce sobre el poema cuando éste quiere ser la mera plasmación de una idea previamente concebida. Nace de una escucha, de una llamada de los seres. Por eso su comienzo no es un plan sino una entrega. En ese momento el poeta debe ser capaz de dejar de aprehender y de aprisionar para liberar y escuchar. No es casualidad el que en algunas de las representaciones antiguas que conservamos de los rituales de inspiración se vea a los inspirados con el pecho expuesto, los brazos recogidos junto al tórax y las manos abiertas en disposición receptiva. Los primeros cristianos rezaban así.
El poeta no identifica la riqueza con lo lleno, con el acopio de cosas, como hace el economista; pues sabe, como la naturaleza, que la vida para regenerarse necesita mudar de piel, perder para ganar.
Decía antes que el tirano es su antítesis. Y esto porque el tirano lleva su condena en desear que todos los seres se plieguen a su antojo, deseo cuyo fin último es la autarquía. Un mundo abolido en donde finalmente se está solo y no se recibe nada de nadie puesto que el otro ha desaparecido o ha sido subsumido en un esquema abstracto y no cuenta más que como cifra. Una de las características del tirano, siempre paranoico, es la de no tolerar la incertidumbre ni la alteridad y por eso mismo su anhelo sería encajar la realidad en una camisa de fuerza conceptual. No repara en que al querer dominar la vida, la expulsa y, al final, sólo tiene entre sus manos un esqueleto. También al poeta le provocan la incertidumbre y la alteridad, mas no para negarlas ni para rendirlas a un proyecto que conjure a una, y a otra la integre como gemela suya. Ambas son aliadas del canto. La una nos devuelve a la vida en la que la idea y el sentido se nos revelan en el curso del tiempo no al principio del mismo. La otra nos hace salir de nosotros mismos y transcendernos, en esa virtud del poeta que es la hospitalidad. Acoger lo otro sin borrarlo, sin transformarlo, aceptándolo tal y como es. James Hillman , discípulo de Jung, sostuvo que, frente al monoteísmo del autor, heredero del único Dios, deberíamos hablar de politeísmo, en el sentido siguiente: si hemos de ser honrados, hemos de aceptar que no existe un único autor de la obra. En ella han participado, si, el yo, mas también, ¿cómo negarlo?, el legado y el mundo de los antepasados, sus voces, y lo que los antiguos llamaban Musas y nosotros contenidos del inconsciente. Reconocimiento y homenaje a los otros ya en el acto mismo de la creación.
Y tal vez porque el espacio del poema es la hospitalidad donde se acepta y se recibe lo otro y se le da voz José Ángel Valente dijera que los poemas no se leen, se habitan. ¿Acaso no son ellos mismos moradas donde lo negado y lo proscrito, y eso hoy es decir tanto como lo elevado, pueden cobijarse?
Javier Estangüi Ortega