consenso tácito
El consenso tácito
Los buenos escritores se caracterizan, ya ha sido dicho, por las palabras que desechan más que por las palabras que emplean. Lo que caracteriza a los malos políticos es, sobre todo lo que callan y lo que orillan. El que lo hagan conscientemente o el que ni siquiera se les pase por las mientes es señal, en un caso, de cinismo y, en el otro, de ignorancia.
Uno de los efectos peores de la actual crisis, al margen del dolor y los estragos que está produciendo en millones de personas, es la relevancia y casi el predominio exclusivo que en tertulias, debates, artículos y ensayos, cobra la economía en nuestras vidas. Se erige en diosa absoluta que no sólo exige sacrificios cada vez mayores sino que, como una amante celosa, demanda que nuestro pensamiento esté absolutamente volcado en ella. Hacer oídos sordos a sus requerimientos es ser infiel a lo esencial. Entretenerse con otras cuestiones, desertar de la auténtica realidad. Y así, paulatinamente y sin que apenas reparemos en ello, se nos lleva a la peor esclavitud: la del pensamiento. Pues si la economía desfallece, si la economía es la llave que nos abrirá la puerta del futuro, es un delito de insolidaridad o de indolencia para con los más débiles el no servirla en cuerpo y alma. Y esta es realmente la nueva tiranía que se nos impone.
Decía San Pablo que al final de los tiempos “Dios será todo en todo”. Los que hoy pretenden dirigir el mundo y sus escuderos, políticos y tecnócratas, han proscrito a Dios y, en su lugar, han entronizado a la economía, hasta que ésta sea “todo en todo, y en todos”. Así se calla lo esencial: el que la raíz de la actual crisis tiene su origen en la desmesura, en la falta de cultura y de sensibilidad, en el olvido de nuestra condición de mortales, pues sólo en esas carencias pueden florecer las pasiones de la codicia y el poder.
Los adictos no ya al crecimiento sino a la economía sólo pueden arbitrar soluciones que agraven el problema, por ejemplo, “inyectar” dinero como los heroinómanos se inyectan heroína. La auténtica soberanía nacional y la dignidad personal está hoy en salirse de este círculo, en ir paulatinamente viendo el callejón sin salida de esta civilización que conduce a la esclavitud de los seres humanos y a la destrucción de la Naturaleza. Recuperar la tradición y la cultura, no tener miedo de salirse del camino que se nos presenta como el único posible.
Ya vislumbramos los rasgos del rostro de la nueva esclavitud: una humanidad asustada, perpetuamente mantenida en estado de choque, estéril en sus vivencias, diestra en el manejo de ordenadores, que se odia sí misma y, precisamente por eso, requiere de todos los recursos del aturdimiento.
Javier Estangüi Ortega