tanto monta
TANTO MONTA, MONTA TANTO, LA CONSTITUCIÓN COMO SANCHO
La Constitución, como el himno del Real Madrid, todos los 6 de diciembre campea por España. Es heredera de una generación tiernecita, semidesnatada, de moral exhausta, esto es, con dolor de los pecados pero sin propósito de enmienda. Los reyes del “¡equiliquá!”. Niños y niñas acostumbrados a sentir en las manos los naipes de Heraclio Fournier, a recibir el gato por liebre de la magia Borrás, a agasajar con los olores del Vick´s Vaporub, y sin contraprestación alguna, compartir las estridencias del chicle Bazoka, siempre en la boca. Una generación de asiduos del bar, que es donde se hace la micro historia. Luego, sin llamar a la puerta, llegaron la represión y nuestros descendientes, herederos del sin par espíritu de educación y descanso. Por eso viven en actitud yogui, y si no les dan lo que piden, se abaten. Con esos mimbres se hizo el canasto. Un brote de párpados descansados, de canseras preventivas, de sedentarios capaces de dormir de pié, con menos moral que el Rayito y lágrima más propensa que la de un convaleciente. De ahí que nuestra Constitución ande recibiendo tarascadas entre silencios, vague como alma en pena, y para evitar las ablaciones diarias, busque socorro con la mirada. De ahí su volatilidad. Puede mutar, sacar el brazalete de la Cruz Roja donde el peligro acecha, desplazarse 180 grados de su ser en tiempos de menoscabo, gritar “¡cuerpo a tierra!” cuando viene Tejero, incluso revotarse sin sentir contradiciones conforme a derecho -la concisión no es su fuerte- al punto de que hoy no sabemos distinguir si los artículos desertan, nos cantan las cuarenta, o se dan a conocer con nombre supuesto. Parece un popurrí.
Sin carta de amparo social, sin ángel de la guarda, es atacada incluso en los meses de invierno. Todos conspiramos contra ella. Para matarla, padrino, cuenta de pasos, elección de armas y el Tribunal Constitucional, pueden valer. Acostumbrados a marear la perdiz, los grandes partidos de la interpretación y el fausto, en sus albergues ideológicos del paipai, hacen mutis por el foro. Bancadas convertidas en diputados por Jauja, zonas de ministros porque sí, chichas y chicos prestos al “más se perdió en la guerra de Cuba”, ni un acabáramos han dicho. En el Senado, encarnación del perpetúo en su babel de horas y moscosos, acorchados por tanta canonjía, retrepados en un bulle bulle de alegres balancines sus señorías entretienen el tiempo jugando a moros y cristianos. En pocos sitios habrá tanto relajo. Requiescat in pace. Que a más quietud, menos accidentes laborales.
La monarquía, que es una república del revés pero con más elasticidad moral, arrastra las enfermedades propias de la personalidad nacional. El Rey, con licencia para mirar, a fin de no perder la borbónica tradición, emborrachándose de música, de ternura y de Escocia anda ocupado en conseguir la sandía con tres avances, que todo lo es para las tragaperras. Genio y figura. Con los cojones caídos y algo tristes, su yerno, emprendedor de bóbilis bóbilis, igual termina vendiendo clínex en los semáforos o haciendo cursos en el INEM, que lo mismo da. Pesares y más pesares. Menos mal que el partido que formará nuevo gobierno merece plena confianza, especialmente en sus proyecciones. De cada tres crisis ha anticipado nueve. Sus despachos huelen a aire embalsamado, a proyectos sin sustancia, a falta de curiosidad. Así es nuestra fauna. Y Aznar haciendo abdominales.
A pesar de la mala resonancia, harto de esperar esa nota que no suena nunca, siguiendo los usos de nuestros abuelos pero en otro formato, le canto al gobierno desde lo más profundo de mi ser. A veces, eso si, intento templar la guitarra. Porque como leí en una novela “después de usar el lenguaje coloquial, siempre existe el peligro de que la fiesta degenere”. Aunque no siempre lo consigo. Sobre todo, cuando pienso en esos cernícalos/cernícalas (por mantener la igualdad por cuotas), y también, si constitucional fuese la expresión, en algunos hijos de la gran … Anda, ¡díselo tú!, que tienes palabras. Y que todo lo limite el Verbo.
Carlos Estangüi Ortega
P.D. Aunque les parezca que exagero, ni siquiera soy vasco.