la Razón de Estado
LA RAZÓN DE ESTADO
El estreno en España de la película de Robert Redford “La Conspiración”, ha vuelto a llamar la atención del público sobre el difícil tema de la Razón de Estado. El empeño del entonces Secretario de Estado Edwin Staton en que todos los detenidos bajo la acusación de haber conspirado y haber participado en el asesinato del presidente Lincoln fueran ejecutados, que buscaba adelantar el fin de la guerra civil y unir al país bajo el schok del magnicidio,contrasta con el comportamiento idealista del abogado defensor de una de las detenidas, empeñado en el respeto a las garantías procesales recogidas en la Constitución.
La Razón de Estado va más allá del maquiavelismo político, y es por ello más terrible, no se trata de que “el fin justifique los medios”, se trata de que algunos medios abominables, de imposible justificación moral, deben ser necesariamente utilizados para impedir la desintegración o la derrota del Estado. Ahí es donde aparece el Mefistófeles de Goethe, la “astucia de la razón”de Hegel, o el “Dios escribe derecho pero con los renglones torcidos”; aquí es donde el Gran Inquisidor de Dostoievski puede ostentar con brutalidad su certeza de tener la razón frente a un Jesucristo al que presenta como un iluso dañino, responsable de los sufrimientos de los hombres; aquí es donde el nacionalismo y el internacionalismo someten y trituran todo lo humano.
Si existe la Razón de Estado es porque existen los Estados, esa forma de organización política que sólo puede alcanzar el bien propio usando medios maquiavélicos y causando daño a los otros. No sabemos exactamente cuál fue la génesis del Estado, pero sí sabemos más o menos el tiempo en que tuvo lugar, y no tenemos que creer que esta forma de organización política durará eternamente. La frase pronunciada por Jesucristo que no gustaba al Gran Inquisidor “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, puede ser interpretada de distintas maneras, pero en todas ellas hay que distinguir entre el César y Dios.
Francisco Javier Martín Campillo