la Navidad

La Navidad

Se sabe que el Cristianismo tomo como fecha de referencia del nacimiento de Cristo el nacimiento del dios Mitra. Mitra era el dios de la luz. A Cristo se le llama en repetidas ocasiones “sol invicto”. Así que al conmemorar la Navidad conmemoramos la victoria de la luz frente a la oscuridad.

El nacimiento de la luz corre paralelo al nacimiento de la conciencia .Tener luces, encontrar la luz, alcanzar la visión de algo, son expresiones corrientes de nuestro lenguaje. Asimismo también identificamos la oscuridad con la confusión y el error. Son muchos los que piensan que el Cristianismo ha hecho prevalecer su visión del tiempo y en una visión de la historia que acaba con al advenimiento de la luz, ha preterido la noche y ha devaluado  ésta al considerarla tan solo como un tránsito hacia la luz. Los románticos recuperaron el valor de la noche y, con ella, de todo lo lunar e inconsciente. Novalis compuso himnos para ella y la llamó la luz negra.

Nacimiento, enseñanza, juicio, calvario, agonía, muerte y resurrección. Nunca estuvo en la raíz del cristianismo la “autarquía”  ni la “ataraxia”. Nunca la pretendida superación de lo que nos conmueve. La “noche oscura del alma”, el túnel de la historia, no son abolidos nunca del todo en el tránsito de esta vida. Tampoco valen en razón de la supuesta luz final hacia la que aspiran. El Cristo no nos espera a la salida del túnel para abrazarnos y dar un sentido a éste. Nos acompaña ya dentro de la oscuridad. Desde la visión cristiana del mundo no sabemos si nos salvaremos, pero sabemos algo que es esencial: hemos sido amados desde el comienzo. Dios es Agape  y, precisamente por eso nos envió a su hijo. Amor que desciende.” Inclínate sólo para amar”, escribe Réne Char. Un amor que no abole la noche en nosotros y, sin embargo, nos acompaña en ella. Saber eso es poder tenerse en pie. Saber eso es renunciar a la fingida independencia que proclamamos hoy haciendo alarde de lo que, realmente, es imposible, pues somos seres menesterosos y frágiles.

La Navidad, el nacimiento de un Dios que suda y sangra. “Se vació por nosotros”, escribe San Pablo. Y fue tal la entrega que mostró hacia él María Magdalena, una mujer pública, que de ella se pudo escribir lo siguiente: “Lo amó vivo, lo amó muerto y lo amó resucitado”.

Un Dios que entra en el tiempo, que viene al mundo. ¿Qué puede esto significar para nosotros?. Tal vez no otra cosa sino la abolición de todo aquello que hoy se ha convertido en ídolo: el control, la independencia, la autorrealización. Tal vez hoy las heridas sean las únicas puertas por las que lo divino pueda entrar en nuestras vidas. Y así el objetivo no logrado, la desviación en el camino que machaconamente nos habíamos trazado, la experiencia cumbre que nos descubre nuestro desamparo, el olvido de nosotros mismos cuanto mas se nos abre el corazón. Aquel momento en que una voz nos pregunta: ”¿Cuál es tu verdadero nombre?”-y no sabemos que decir.

 

                                  Javier Estangüi Ortega

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