el nacimiento en la cueva y el altar del templo

El nacimiento en la cueva y el altar del templo

 

Parece que el nacimiento de Cristo tuvo tugar en una cueva. Es innecesario poner énfasis en la modestia de su origen y la humildad del lugar en que vino al mundo. Un niño perseguido por Herodes y acostado sobre la paja  de la pobreza.

Jung consideraba que el nacimiento de un Dios simbolizaba el nacimiento de una ilusión colectiva. El entusiasmo (el dios interior) que despertó el Cristianismo se advierte, entre otras cosas, en la innumerable cantidad de obras de arte a que ha dado y da lugar. El templo representaba el microcosmos de la Jerusalén  celestial, su nave, el símbolo de que la propia iglesia no podía sino navegar y, en ocasiones, zozobrar, sobre las aguas procelosas e inciertas de este mundo. El recorrido del fiel por el templo era simultáneamente una peregrinación y una iniciación. Antes de acceder al altar hay que recorrer un camino sobrepasando las columnatas que jalonan el itinerario del creyente.

En las maravillosas obras de arte que nos ha dejado el Cristianismo advertimos que la parte esencial del templo es el altar. Allí no existe huella alguna de la modestia del nacimiento de Cristo y si la cruz y una extraordinaria belleza  que siempre nos conmueve. Muchas personas, entre las que se han encontrado destacados autores-pienso en la idea de Juan de Valdés de que los únicos templos vivos son los creyentes-han reprochado a la religión de la pobreza el lujo con el que se ha revestido. Crítica que no encuentro injusta en lo que a la iglesia como institución se refiere, mas si en lo concerniente a los templos. Y no lo hago por razones filosóficas ni teológicas. Mis guías han sido los mendigos que se arraciman en las escalinatas de aquéllos. Ellos “saben”, mejor que los teólogos y que sus críticos, que el silencio del templo y su belleza propician la elevación y que ésta, precisamente, hace posible la gravedad con la que los fieles se inclinan a la salida para poner en su mano la limosna. Ellos han hallado la unión entre Eros y Agape que aún persiguen los teólogos. Son partes del templo. Y aún hoy, donde el mendigar se va trasladando paulatinamente, como una señal de los tiempos, a la puerta de los supermercados, se los puede distinguir de los pedigüeños desquiciados que son el espejo de nuestra destrucción.

 

                                 Javier Estangüi Ortega

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *