el caciquismo

EL CACIQUISMO

                Cuando D. Joaquín Costa, a finales del siglo XlX, preguntó  en una famosa encuesta a un buen número de intelectuales cuál consideraban que era la forma de gobierno que existía en España, hubo una práctica unanimidad en la respuesta: el caciquismo. Tan sólo Don Miguel de Unamuno añadió algo que  hoy en día sigue siendo de gran interés: hay que tener cuidado con frivolizar sobre el caciquismo,  porque en España, cuando no ha existido el caciquismo, es porque ha nos encontrábamos en  guerra civil.

                Esta parece ser, pues, la forma política más nuestra, más genéticamente nuestra, si se rastrean sus orígenes históricos podríamos llegar has la venta de cargos y empleos en los primeros Austrias, las  famosas venalidades, pero si decidimos llegar hasta su origen más remoto, deberíamos remontarnos al clientelismo de la época de los romanos. En la primera Restauración, periodo histórico en el que se realizó la encuesta a la que nos referíamos al principio de esta breve nota, se entendía por caciquismo la compra y venta de votos a cambio de favores políticos  de todo tipo, y la adulteración de los resultados electorales  a través del famoso “pucherazo”, pero, mucho nos tememos, el caciquismo no es un fenómeno puramente folklórico limitado  a un periodo histórico concreto, está mucho más extendido en la historia y es mucho más nocivo.

                El caciquismo supone el uso privado de lo público, el caciquismo consiste en el cambio de empleos, contratos, subvenciones  públicas, a cambio de votos o del simple aumento de la influencia política. El caciquismo, antaño de individuos, hogaño de partidos, establece relaciones clientelares, destruye el sistema nervioso de la sociedad civil, al llenarla de redes clientelares, deja  a la democracia convertida en una farsa, no sólo por adulterar los resultados electorales, sino por dejar sin efecto todas las virtudes del sistema democrático (transparencia, adjudicación de cargos y empleos en razón del mérito, moralidad pública…),  establece como norma la corrupción y el despilfarro,  yugula el desarrollo económico de los pueblos y regiones al primar la influencia caciquil sobre la libre competencia y el mérito económico,  destruye la moral pública al acostumbrar a las gentes a la dependencia, al  favor caprichoso, a la corrupción, establece una administración paralela, mafiosa, en la que una casta parasitaria (la llamada clase política) absorbe toda la riqueza del país y, como los virus y las bacterias, precisa de la enfermedad y la anemia del Estado para su supervivencia y, por si todo ello fuera poco, conduce inevitablemente a la ruina de los pueblos y las naciones, porque el mantenimiento y la extensión de las redes caciquiles no pueden tener otro fin.

                               Francisco Javier Martín Campillo

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