el año nuevo

AÑO NUEVO

 

Señala Ivan Illich en un libro maravilloso, “H2O y las aguas del olvido” como hemos reducido el agua a mero compuesto químico y la hemos redefinido como producto de limpieza. Y, pese a todo, ningún ser humano puede  despojarse del sentimiento de purificación cuando ve caer la lluvia o se baña en cualquier río, lago o mar. Vivencia ancestral que rememoran todos los ritos de bautismo y renacimiento.

La misma reducción hemos intentado con el tiempo y, con los mismos infructuosos resultados, al pretender interpretar a éste como el resultado de una secuencia uniforme y continúa. El decreto que exigió el uso del reloj tras la revolución rusa y las piedras que los jóvenes en mayo de 1968 arrojaban contra los relojes son dos aspectos del mismo fenómeno.

Nuestro ser- aún no recluido en la celda de la civilización técnico-uniforme, presa del mito de la objetividad y que no se cansa de devaluar lo interior como meramente subjetivo, cuando no niega su existencia-,sabe que hay momentos en que el tiempo se contrae y se dilata y otros en que, sencillamente, queda abolido. El Mito, no contra el que nació nuestro Logos, sino del que nació, necesita librarse de esa visión del tiempo reducido a movimiento uniforme en el espacio, que miden los relojes. Por eso hablamos de año nuevo y no nos limitamos a añadir una cifra a otra. La conciencia de la vida que sabe que ésta, como la vida del espíritu, es nacimiento, renacimiento y transformación, no puede sin desfallecer y convertir a ambos, vida y espíritu, en alegorías de la muerte, amoldarse a una visión del tiempo uniforme, constante, sin rupturas, y que evoca el despliege de una nada eterna. Una paradójica añagaza en la que el hombre al añadir una cifra a otra cree progresar alejándose de un origen que, fuera de esa misma concepción temporal, hay que interpretar no sólo como primero sino como primitivo.

Nuestro actual modo de celebrar el Año Nuevo es lo que los psicoanalistas llamarían una “formación de compromiso”. Se alimenta la vivencia de renacimiento y regeneración a la vez que se pasa la hoja del calendario para añadir un número más al cómputo de nuestra historia.

También la biografía es deudora de esa concepción. Así hoy se habla de primera, segunda y tercera edad, como si la vida del cuerpo y la del alma fueran ordenables según secuencias prefijadas .El embrión que recorre todas las edades, el recién nacido arrugado y la propia enfermedad prueban ya en el ámbito del soma lo inexacto de esta visión.

La historia lineal como simulación, como ídolo. La cantidad que por arte de magia se transforma en cualidad. Por el contrario la cercanía al origen como prueba de la existencia auténtica. La fuente de la eterna juventud no como la que nos devuelve el cuerpo de nuestra adolescencia sino como aquel lugar donde, de nuevo, vamos a beber la sed, el anhelo, la búsqueda, el no estar completamente hechos como nos quisiera la técnica. Y la revolución no como mito de la ruptura sino como renacimiento, como vuelta a los orígenes.

Octavio Paz habla de “remar siglos arriba, más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá del origen”. Otro poeta, Odiseas Elytis , se prescribe lo siguiente:” Cada año una arruga más en el cuerpo y una menos en el alma”.

Hasta que no nos importe la historia, aun cuando si los relatos. Hasta que nos despojemos de la tiranía de hacer historia o de pasar a ella. Feliz año Nuevo.

                              Javier Estangüi Ortega  

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