componer, producir, crear

Componer, producir, crear  (1)

“Composición- escribía Goethe-es una palabra abyecta”, y añadía lo siguiente: “¿Cómo se puede decir que Mozart ha “compuesto” el Don Juan? ¡Cómo si se tratase de un trozo de tarta o de bizcocho, que se prepara mezclando huevos, azúcar y harina! “.

Nuestro lenguaje, pese a la aguda crítica de Goethe, emplea cada vez con más frecuencia las palabras “composición” y “producción” para referirse a la obra de arte. El que nos hayamos habituado a escuchar sin perplejidad algunas expresiones como “taller literario” o “producción artística” prueba lo que digo. Y esta forma de hablar indica dos cosas: en primer lugar la expansión del lenguaje de la máquina que domina y coloniza todas las actividades humanas  y, en segundo lugar, tal vez una involuntaria confesión de que buena parte de lo que hoy se proclama arte no merezca tal consideración.

El término “composición” aplicado al arte es deudor de una psicología que entiende los procesos de la psique como una mera asociación de representaciones  que la mente ha recibido al ser afectada pasivamente por la realidad. La creación artística no sería más que un proceso combinatorio que, sin saber muy bien cómo, enlaza con éxito un conjunto de representaciones. El artista- supone esta concepción-, opera con un “material” ya dado previamente y que no tiene más que combinar. Recuerdo la pregunta nada retórica de un libro en qué el autor inquiría si un simio colocado ante una máquina de escribir y golpeando el teclado  durante un tiempo ilimitado llegaría a “componer” las obras de Shakespeare. Atomismo y mecanicismo psicológico a un tiempo. Y, claro está, la reducción, insinuada ya en esta concepción, de que la mente es una especie de máquina combinatoria.

La palabra “producción”, por su parte, parece evocar los procesos estandarizados de fabricación de objetos en serie. Apenas sería concebible la “producción” de un objeto único, aunque sería, desde luego, posible. Por eso la diferencia esencial entre la obra de arte y lo “producido” no se haya entre lo serial de ésta y  la peculiaridad de aquélla, sino en que lo producido obedece a un plan previamente establecido y prefijado fase por fase, aun cuando admita alteraciones, y lo creado brota siempre de una actividad cuyo fin es siempre incierto e impredecible .En la producción estamos en presencia de un plan fraguado casi exclusivamente por el intelecto y ejecutado por la voluntad; en la creación existe, por decirlo así ,un desenvolvimiento a lo largo de la propia obra del que el mismo artista no puede dar por completo razón.” Escribo sin saber el desenlace de lo que escribo. Este poema es una caminata nocturna”, canta Octavio Paz. Y en otro de sus poemas, hablando de si dice: “a oscuras voy y planto signos”.  En casi todas las obras maestras oiremos decir a sus creadores que se han sentido sobrepasados, que empezaron con una idea y la obra misma en su transcurso los llevó por otros derroteros. En la producción subyace siempre un proyecto. No existe, en sentido estricto, un “proyecto” en la creación. Como no lo hay en esa totalidad enigmática que llamamos nuestra vida, aun cuando si exista un sentido.

Decía Luis Rosales que hay que distinguir entre tener satisfacciones y tener alegrías, entre tener expectativas y tener esperanzas. Si tuviera que acudir a un ejemplo aludiría a la diferencia entre una cita previamente concertada y un encuentro casual aunque deseado y propiciado por nuestra disposición. Claro que en la cita puede aparecer lo casual, lo inesperado, mas sólo a condición de salirnos del camino trillado. (Iba a decir a condición de ser seres humanos y no dejarnos encapsular).

Olvidarse de proyectos, de metas, planes y objetivos, olvidarse de si precisamente para recuperarse, extraviarse en el camino y, sin embargo, precisamente por eso, darse cuenta del sentido de todo es lo propio del artista. Su actividad no es una fabricación, ni siquiera un trabajo, sino una parte del propio acto de vivir. El artista no es llamado por un proyecto, sino por una estrella. Antes he mencionado la palabra “creación”. No logro evitar que me suene demasiado ampulosa. Los teólogos dirán que sólo Dios es creador. De acuerdo. Por eso, y por algo tal vez igualmente esencial, no existe una palabra adecuada para el enigma del artista. El reciario no puede atrapar la vida.

 

                         Javier Estangüi Ortega

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