Historias que hacen pensar 8

Historias que invitan a pensar (8)

 

Joseph Weizenbaum fue uno de los profesores destacados del instituto tecnológico de Massachusetts. Desarrolló investigaciones en el campo de la inteligencia artificial que  hoy se consideran pioneras. No era un tecnófobo y, sin embargo, en todas sus obras, se opuso a la precipitada introducción de ordenadores en las escuelas.

En un libro titulado “El poder del computador y la sociedad”  y dentro del capítulo  “La computadora y la escuela”, narra una pequeña historia recreada  por su fantasía. Historia nada reconfortante. El autor imagina un campo de concentración en el que todo absolutamente es decidido por los ordenadores; por ejemplo, quien muere al día siguiente y a quien le tocará hacer de guardián. En dicha fantasía aparecen dos reclusos uno de los cuáles se dirige al otro y le dice: “Debería ser posible emplear razonable y humanamente un ordenador”. A lo que el otro responde: “Desde luego, pero no en un campo de concentración”.

El autor de la fábula añade que aunque nuestro mundo no sea un campo de concentración es  muy similar a un manicomio. No se pude negar que dentro hay atisbos de lucidez. Sin embargo, predomina la locura, y ésta impregna prácticamente todo, incluyendo el uso de artefactos. Para Weizenbaum es esencial el tipo de sociedad a la que pertenece cada artefacto puesto que, irremediablemente, el instrumento hereda y mantiene los valores de la civilización en la que está insertado.

La concepción de los artefactos que nos suministra la técnica como carente en si misma de valor y “neutrales”- que data de la Ilustración-, es uno de nuestros puntos ciegos. Jamás podemos hablar de un instrumento al margen de la sociedad en la que es usado y del valor simbólico del que lo investimos.

Para los nativos de América el conquistador y su cabalgadura  formaban  un único ser. Un martillo colocado en la vitrina de un museo es distinto de un martillo en una celda de tortura. Al menos resultaría extraño asemejarlos. Y más extraño resulta el que un artefacto, del que se nos repite hasta la saciedad que es un instrumento de conocimiento y, por tanto, tendría que ser siervo de la lectura y la escritura, destruya  ambas. Y, desde luego, el que el ordenador se haya constituido en el centro de gravedad de la cultura y sea entronizado como ícono sagrado en el altar de nuestras mentes, desgraciadamente, prueba algo más que nuestra candidez.

 

                                 Javier Estangüi Ortega

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