componer, producir, crear 4
Componer, producir, crear (4).
No se destruye a lo que se ama de verdad. Todos los seres están revestidos de un aura: una corona simbólica. Por eso mismo toda tarea de destrucción debe ir precedida de una profanación. Entiendo por profanar el proceso mediante el cual una realidad es desposeída del aura simbólica que la investía, entendida ésta como mera superstición o error, y así pasa a ser redefinida como objeto o recurso y a ser utilizada a capricho del hombre. El condenado en el ejército debía ser previamente degradado despojándolo de sus galones. Exactamente igual ocurre con la realidad.
La desposesión infligida a lo real de uno de sus elementos esenciales es un acto de barbarie. Su carisma protegía a los seres contra cualquier uso que quiera dárseles. Los que han sufrido las guerras y sus consecuencias saben muy bien que antes de torturar a los hombres había que vilipendiarlos y considerarlos criaturas inferiores. ¿Qué no se ha dicho de los seres a los que se iba a exterminar?. ¿De qué vestiduras simbólicas no se les ha despojado antes de que su fragilidad y desnudez fueran vistas como mera “carne” objeto de burla y ultraje?.
Sabemos que los mundos simbólicos se han constituido esencialmente a través de dos fuentes: la religión y el arte. Parece que la palabra “religión” procede de “re-ligación”; es decir, estar vinculado. San Agustín oponía, erróneamente desde el punto de vista etimológico, más con una extraordinaria clarividencia la “eradicatio” a la “re-ligatio”. Lo opuesto a la religión sería así el desarraigo. Por su parte el arte no hace sino rememorar y recrear los símbolos de que se invisten los seres y que hacen de la vida algo pleno de significado a la par que celebra ésta. La vivencia de la comunión es esencial tanto al arte como a la religión. Romain Rolland habló en una carta dirigida a Freud del “sentimiento oceánico de la vida”. Sentimiento que Freud dijo no haber nunca albergado. No creo que sea una casualidad.
Si lo albergó Goethe que hablaba de “Alma del mundo”. El mismo que, ante un momento de desnudez y fragilidad, describe con gratitud la ternura de la mujer amada diciendo:” sobre mi cuerpo pusiste el manto de oro”. El manto de oro. Entre la muerte de un dios y el nacimiento de otro, nuestra tarea para todas las cosas.
Se dice que el género épico perteneció a una época ya rebasada. No lo creo. Es cierto –digo algo obvio- que actualmente nada tiene que ver con las antiguas gestas. Mas creo que la épica florece en los hombres y se hace necesaria cuando mueren sus dioses y les amenaza el desierto. La épica consiste hoy en devolver a los seres el aura que les hemos arrebatado.
Javier Estangüi Ortega