componer, producir, crear 5

Componer, producir, crear (5)

 

Todo acto de propiedad de lo vivo en realidad supone una profanación. Incluso referida a uno mismo. Identifica los actos voluntarios, y de los que casi siempre, podemos tener dominio, con la totalidad del ser. Y supone la falsa idea de que lo que existe fuera de nosotros puede ser entendido como una prolongación no de nuestro cuerpo, sino de la parte voluntaria y consciente de nosotros. Así alimentamos la ficción de que podemos domeñar lo que no es susceptible de control alguno. La compulsión por la predicción y el control que caracteriza a nuestra cultura ha tenido que ir vinculada con el desarrollo de la noción de propiedad. El acto fundacional de la posesión es la “autoposesión”; por eso durante mucho tiempo se desestimaron los procesos inconscientes y se identificó la totalidad de la psique con la conciencia. El viejo adagio de “tener como si no se tuviera” no alude tan solo al desapego con respecto a las posesiones, sino a algo mucho más profundo: a la imposibilidad real de tener mas que en un sentido figurado, al logro fallido a que esta abocado cualquier intento en este sentido, inclusive la “autoposesión”.¿Quién es el sujeto que se posee y qué posee?. Tan solo un sujeto reducido, identificado con una parte de la totalidad de su ser: la conciencia y la voluntad. Denostamos a quiénes creyeron en el poder mágico del pensamiento y de la palabra e inconfesamente mantenemos la creencia de que lo “otro” es una prolongación de lo que nosotros mismos somos, en una especie de panteísmo del yo. Un yo blindado a cualquier vivencia que le muestre la fragilidad y la incertidumbre de sus límites. Un yo que no sólo se agota en el esfuerzo de mantener su propia ficción sino que se restringe y se empequeñece, dando como resultado que lo externo se agiganta hasta que alcanza proporciones pavorosas. Ese “yo” no puede mantenerse mas que estando en lucha con todo lo que lo rodea-muchas de las llamadas terapias forman parte de esta lucha-, y también con su propio ser. El desfallecimiento, la enfermedad, un encuentro vital que lo estremezca, son las únicas posibilidades para que en su derrumbe, precisamente, se recobre.

Estamos incomunicados con los sustratos más profundos de nuestro ser, con lo que Jung llamó “el sí mismo” y San Agustín “memoria sui”. La enfermedad de nuestro tiempo toma las formas que indicó el psiquiatra suizo de la “posesión del alma” y, sobre todo, de la “pérdida del alma”: el ser humano se identifica con una pequeña parte de sí en detrimento de la totalidad que es. Mas la totalidad que es incluye también el que es un microcosmos dentro del macrocosmos, ”memoria Dei” para el santo y “memoria Gaia” para nosotros.

Lo que actualmente se llama comunicación no pasa de ser, la mayor parte de las veces, mas que transmisión de información. No podemos comunicarnos de verdad, de centro a centro, si estamos incomunicados con nuestro propio interior. Sólo experimentando la complejidad irreductible qué somos y la complejidad de lo vivo nos libraremos de nuestras falsas ilusiones. Ilusiones de posesión que conducen al ideal de la robotización de lo vivo o al sadismo, pues el sadismo es la reacción de aquél al que se le sustrae aquello de lo que se cree poseedor y, reacciona, vengándose, es decir, maltratándolo.

Es cierto que en ocasiones ponemos énfasis en decir “mío” y lo decimos con el corazón. Ese “mío” alude entonces al cuidado y al sacrificio que estamos dispuestos a hacer por otro ser, al reconocimiento de un valor por el que estamos dispuestos a darnos. Ese “mío” nada tiene que ver con la posesión y el cálculo y si con el “ordo amoris”, el valor que sabemos tiene cada cosa, cuando siguiendo a San Agustín, reconocemos el tesoro que hay en los seres. Mis raíces, mi tierra, mis seres queridos, no son aquí términos de posesión sino aquello a lo que estamos dispuestos a ser fieles y entregarnos. Cualquier lector sabe por experiencia propia que al hablar así no somos poseedores sino servidores de algo más elevado que nosotros.

 

                             Javier Estangüi Ortega

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