componer, producir, crear 10

Componer, producir, crear (10)

 

No digo nada nuevo al decir que la civilización moderna se orienta casi exclusivamente por un imperativo según el cual, como señalaron Lewis Mumford y Erich Fromm, “todo lo que puede (técnicamente) hacerse, debe hacerse.”. Así no existe límite alguno para la capacidad que exhibe la técnica de transformar a la naturaleza y al hombre mismo, con lo que la diferencia entre ser natural y ser fabricado desaparece al tiempo que se subsume más y más lo natural en la categoría de lo fabricado. Lo que llamamos realidad es energía, lo que llamamos realidad es acción, proceso incesante. El viejo dicho:”Operare sequitur esse” es considerado como un residuo del que debemos desprendernos, pues, en un sentido estricto, no hay nada que pudiéramos considerar realidad ni ser.

Los sabios renacentistas ensalzaron al hombre como una criatura que no se limita a contemplar sino que tiene cerebro y mano con los que puede crear todo tipo de ingenios. Nuestros técnicos creen haber prolongado el cerebro a través del uso de ordenadores y la mano por medio del empleo de artefactos cada vez más sofisticados. Ahora bien, es indudable que cuando el hombre se entiende eminentemente como homo faber el sentido que privilegia es la vista asociada al movimiento, pues sólo ella puede acompañar a las acciones de proyectar, producir y supervisar. Y no es casualidad alguna que la creación artística, especialmente la música y la poesía, cuyo crear ha estado precedido del asombro por el ser y por la contemplación, hayan privilegiado el oído. Hacer y mirar van parejos, como contemplar-que es un modo de detener la mirada asociado a la quietud- y escuchar. Por otra parte el mirar del pintor, como el mirar del poeta, no guardan en primer lugar relación alguna con el escudriñar o el calcular, sino más bien con la impresión que se produce al ver las cosas con inocencia, desde su misma naturaleza, desde su nacimiento (etimológicamente naturaleza procede de nacimiento).El mirar aquí tiene el sentido de una revelación a la que se asiste, precisamente porque no se violenta el ser de las cosas. El artista puede “hacer acopio de información”, puede “recabar datos”, como se dice ahora, puede estudiar minuciosamente la época sobre la que va a escribir; mas con todo y con eso, si la obra no está animada de una vida interior que va mucho más allá de los hechos y obedece a una realidad más profunda, será en vano que concluida ésta, exclame:”¡Habla!”. No se trata de la disputa entre dedicación e inspiración, aún cuando el trabajo –salvo que el artista se degrade a funcionario-sea un el medio para una preparación incesante que le capacite para acoger la inspiración y no dejarla perder, por decirlo así. Por otra parte, tal vez esta distinción carezca de sentido, pues el trabajo es un rito preparatorio de la inspiración, como ésta lo es del trabajo y de la obra.

Me parece que buena parte del llamado actualmente arte ha ido a la zaga del quehacer técnico-“todo lo que puede hacerse, debe hacerse”-, y se ha emborrachado por la novedad, por el hacer y el producir en detrimento del ser, la quietud y  la escucha. El resultado son obras o “perfomances” indistinguibles de los artefactos o de los objetos cotidianos producidos en serie, obras desencarnadas donde lo que se manifiesta sobre todo es el capricho de un querer que, sin profundidad alguna, identifica la libertad con la inmediatez de la sensación. Todas llevan inscrito el despotismo y el sello de la urgencia y de la caducidad. Y en todas se puede observar la misma falta de consideración por el ser, la misma irreverencia por lo profundo, la misma banalización y burla de la existencia que ya los guardianes de los campos de concentración otorgaban a sus prisioneros. Recordar la sacralidad del arte, al artista como “pontífice” que une en la obra lo celeste y lo telúrico. Creer que, en realidad, la más alta poesía es plegaria .Mantener una “relación carnal con las palabras” como caracterizaba Valente al poeta. Recuperar una relación carnal con el mundo, al margen de proyectos y abstracciones, tal vez sea la tarea hoy, como siempre, del artista, al margen de corrientes y de modas. Eso han creído muchos de los grandes, entre ellos Rainer Maria Rilke, quien en su diario florentino aconsejaba: “Dejad un solo día de ser modernos, entonces veréis cuanta eternidad tenéis en vuestro interior.”.

 

                       Javier Estangüi Ortega

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