historias que invitan a pensar 22

Historias que invitan a pensar (22)

 

En una entrevista a Paul Claudel , el gran poeta cuenta cómo desesperó de poder ayudar a otro escritor a encontrar su camino. Relata su fracaso como sigue: “Pero a poco, tal como mi correspondencia lo demuestra, advertí que chocaba contra lo que el Apocalipsis llama “la coraza de jacinto”…en el Apocalipsis aparecen jinetes que llevan diferentes corazas: coraza de hierro, coraza de oro y, finalmente, coraza de jacinto. La coraza de jacinto es la imaginación, son las ideas personales; y es la más impermeable de todas, la que no deja pasar nada de lo que, desde el exterior, podría parecer más penetrante”.

La coraza de hierro es la coraza de la insensibilidad y la brutalidad tras la que nos parapetamos para enmascarar el miedo y la angustia que nos corroen por dentro. La coraza de hierro siempre busca al enemigo en el exterior en lugar de en el propio corazón petrificado. Siempre exalta la autarquía y el autodominio heróico porque todas sus acciones son deserciones contra esa fragilidad de que la se adivina afectada. Esa fragilidad que la despose de su condición de Dios inalterable. Los dioses sin pupilas a lo que aludía el propio Claudel para referirse a las divinidades paganas.

La coraza de oro se parapeta tras la riqueza para no sentir la orfandad que acompaña a todo ser vivo. Os tachará de morbosos si la recordáis la muerte que inevitablemente nos espera a todos. Sin sospechar que la auténtica morbosidad esta en vivir una vida como si la muerte no existiera. No experimenta la condición de irreversibilidad que traspasa a cada acontecimiento y lo aboca a la muerte y, por eso, existe frívolamente. Se ha dejado seducir por el oro para no tener que darse a la luz. Se ha rodeado de objetos- exorcismos que no la sirven para  conjurar su finitud.

La coraza de jacinto es, como recuerda Claudel, la más impenetrable pues se parapeta en lo que dice ser la verdad, y el mundo se  presenta como algo esclarecido. El intelectual, el académico, que creen tener la fórmula que explica el mundo,  los que creen que se elevan por encima de los demás en una aristocracia del espíritu sólo por que no usan sus manos. Los que creen que el conocimiento les absuelve de cualquier acto. Los perpetuamente orgullosos de si mismos , de sus proyectos y de sus planes y que jamás han experimentado lo que cantó Rilke en el libro de las Horas:

                 Aquel a quien el Ángel venció…

                Y sale grande de aquella dura mano

                Que contra él se estrechó dándole forma.

                Los triunfos ya no le apetecen.

                Su crecimiento estriba en ser vencido

                En profundidad por algo cada vez mayor.”  

 

Baudelaire decía que Voltaire era “el Príncipe de los Superficiales”. Y era así porque su ingenio y su ironía no habían sido traspasados por el misterio. Cuya fragua, en realidad, los hubiera transmutado en espíritu.

 

                             Javier Estangüi Ortega

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