el símbolo y el hecho

El símbolo y el hecho

 

Es frecuente que cada vez que alguien pretende acallarnos en lo que decimos nos remita a los hechos como última instancia inapelable. “Aténgase usted a los hechos”, se nos amonesta acusándonos tácitamente de soñadores. “Los hechos son tercos”, se sentencia como quien pronuncia un veredicto inapelable. Las guerras que hoy se declaran unos a otros son guerras de hechos o de cifras. El hecho y la cifra son, casi nadie lo duda, lo realmente objetivo, fuera de los cuáles no existe más que la mera especulación, la ensoñación o la quimera. Cifras, hechos y realidad, se nos viene a decir, son lo mismo. Desde la medida de la inteligencia, al número de alumnos escolarizados, el resultado electoral,  el producto interior bruto, la proporción de camas  por habitante en los hospitales, hasta la prima de riesgo ,en una secuencia ininterrumpida ,la cifra y los hechos son lo que realmente cuenta cuando no queremos ser frívolos-se nos reprende-, y nuestra inteligencia ha madurado. ¿Es absurdo pensar que una visión así ha de arramblar necesariamente con la cultura? Porque fuera de los hechos y de las cifras existe lo que no es ni uno ni otra: el pensamiento, el mundo simbólico que constituye el sentido de lo humano. Tanto más se ve el hombre limitado a los hechos tanto menos comprende ni siquiera a éstos. Porque la cultura es precisamente la capacidad que tiene el hombre no sólo de ver el sentido que se manifiesta en los llamados hechos, sino cómo éstos se han constituido como resultado de un proceso que puede y debe ser narrado como resultado de una historia. ¿Qué pensaríamos de quien ante la catedral de Burgos viera únicamente un conjunto de piedras superpuestas?. Sin duda alguna que está ciego. Y lo está precisamente porque tan sólo ve lo que ve. Los hechos y las cifras son siempre el resultado de una amputación, el residuo que queda cuando el hombre pierde el mundo histórico y el mundo simbólico. Una cultura que crea que lo esencial comienza y termina por las cifras y los hechos es una cultura que no hace sino apilar escombros. Por eso uno de los criterios claves de la cultura es el horizonte temporal y el mundo simbólico en el que viven los hombres. El artista que mira a la catedral verá no solamente la belleza que hay en ella, sino que también sentirá que la misma piedra habla y relata una historia

No han sido tan solo la especulación, la falta de control, la economía de casino y la ambición las que nos han conducido a esta situación, sino la fe en esta tecnocracia que reduce el mundo a hechos y cantidades. El hombre limitado que se “limita a los hechos” y así, sin siquiera sospecharlo, reduce el mundo y lo empobrece. Si la enajenación que históricamente trataban los psiquiatras era, en el lenguaje del psicoanálisis, un desbordamiento del principio de placer sobre el principio de realidad, del delirio sobre la realidad, hoy una de las peores enajenaciones estriba en creer que se está cuerdo porque se puede medir todo, incluso, tal vez, la propia locura. La demencia se ha revestido de sensatez. A fuerza de mirar tan de cerca los hechos acabamos por no ver nada, como el preso que  acercara  tanto los ojos al barrote de su celda y viera tan solo a la hormiga que lo recorre. Podría incluso creer que está en el campo.

 

                      Javier Estangüi Ortega  

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