tres ídolos: rendimiento, eficacia, productividad

Tres ídolos: rendimiento, eficacia, productividad.

 

En un breve artículo satírico de largo título:” Una humilde propuesta que tiene por objeto evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres o para el país, y hacer que redunden en beneficio de la comunidad”, Jonathan Swift sometía a la opinión la idea de que después de ser amamantados por sus madres, lo que no exigía un considerable aumento de la alimentación por parte de éstas y, tras el destete de aquéllos, fueran vendidos a las familias ricas para que los cocinaran y se alimentaran de ellos, puesto que ya empezarían a ser una carga para sus propias familias.

Karl Kraus sostenía que el progreso acabaría fabricando portamonedas con piel humana. Su visión no fue descabellada. Durante la segunda guerra mundial, se propuso hacer jabón con los restos de los cadáveres y, hoy en día, sabemos que la industria cosmética emplea restos de placentas para producir sus afeites. ¿Y no se pide hoy a los seres humanos- con una expresión que ya a nadie sorprende- que se reciclen como si fueran material desechable?. Así la industria sostiene una macabra palingenesia donde “nada se crea ni se destruye, sólo se transforma”. El hombre, los seres vivos y los elementos, son reducidos a una especie de material con el que se puede ensayar infinitas combinaciones sin más que atender a la energía disipada en cada una de ellas. El pensamiento según el cual todo ha de ser  rentable, eficaz, productivo lleva inexorablemente a la barbarie más cruenta, donde los que regalan y los que aman y los débiles y los que necesitan del cuidado de los otros son considerados como un exótico artículo de lujo o como desechos improductivos, como parásitos o como basura. Mercantiliza las relaciones entre los seres humanos, estigmatiza la contemplación sin la que no puede haber saber alguno, desacraliza la vida y nos condena a todos a un estado mental similar a la esclavitud. “Los seres humanos en permanente lucha contra la necesidad, no tienen energía para luchar contra el error”, escribió Schiller. Un auténtico estado de excepción aunque no lleve ese nombre. Porque es un estado de excepción el orillar lo más humano del hombre, el doblarle el espinazo y rendirle la mirada al suelo para que no contemple las estrellas, el someterlo a un estado de tensión permanente como un perpetuo toque de queda, el obligarlo a renunciar a sus convicciones si quiere subsistir, el redefinir como ocio el tiempo y los espacios a los que todavía da una tregua la producción, el obligarle a buscar lo que no existe e inculparlo por no poderlo encontrar merced a la automatización, el trabajo; en vez de crear un reparto justo de la riqueza, el que la belleza sea considerada un peso muerto de lo útil . Y lo peor de todo: convertir la celebración de la vida y su gratuidad en un altar donde se rinde culto a los ídolos serviles.

 

                                  Javier Estangüi Ortega

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