ciertas mitologías

 

CIERTAS MITOLOGÍAS

 

Antes de las elecciones generales, economistas de verbo cálido y emocional eyaculación teórica, anunciaban a bombo y platillo la inexorable razón en que se fundamentaba la evolución de nuestra prima de riesgo. No era otra que la falta de confianza en el equipo de gobierno. Descartado, pues, el errático comportamiento de las agencias de rating, que inducen los tipos de interés, bastaría con remplazar el gobierno de turno por otro de más fuste, cuyo programa electoral se conociese después de las elecciones, para infundir a los mercados la credibilidad necesaria. Dicho y hecho. Sin embargo, han bastado tres meses para que el embate de los salvajes de la especulación, dueños del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, haya acabado con esa mitología. Recordemos el timing. A comienzos de año la prima de riesgo de España, que mide el diferencial entre el bono nacional a 10 años y el bono alemán al mismo plazo,  estaba en 320,20 puntos básicos. Hoy cotiza a 390,35; y el IBEX, que inició su andadura  en 8.723,80 puntos (cierre del primer día hábil del año), se ha desinflado hasta los 7.589,50 puntos. Por vencimientos, los inversores extranjeros han vendido 15.836 millones de euros en letras del Tesoro y 37.702 millones en bonos y obligaciones del Estado.  Así, huérfanos de prestigio y carentes de soporte ontológico, despiertan los apologistas  otras  trascendencias. Los altares del crecimiento y de la consolidación fiscal (huelga de la inversión en otros términos), constituyen este nuevo ecumenismo un tanto friqui.  Allí  alcanzaremos el sobreseimiento permanente. Liberados ya del sufrimiento del trabajo (la tasa de paro alcanza el 23,6%), un Nirvana del renacimiento abstracto nos espera. A condición, claro está, de que aceptemos nuevas formas del capital.

“El crecimiento económico hará más por la sociedad que la redistribución de las rentas”, fue la consigna favorita de las políticas reaganianas. Para que molestar al multimillonario Pedro para darle algo al pobre Juan cuando la marea alta levanta todos los barcos. Cabalguemos, pues, en ese vacío teórico  del crecimiento ininterrumpido. Da lo mismo que no haya especie conocida que pueda crecer indefinidamente.  La biología debe rendir tributo a la eficacia. Y la eficacia, a su vez,  no debe supeditarse a sensibilidad alguna. Por eso crecimiento, en términos de PIB, es la producción de armas, de alcohol, de tabaco. Y también de su remedio en los hospitales. Aún aceptado esto, algún pequeño inconveniente si que hay. Por ejemplo, el crecimiento puede incrementarse mientras disminuye la ocupación. Basta con que la productividad crezca más que la demanda. Y por si fuera poco, a un incremento del sector monopolista le suele corresponder un incremento del nivel de desempleo. Pero pelillos a la mar. Que ahora hay que hablar del ajuste fiscal.

“La lucha impositiva es la modalidad más antigua de la lucha de clases”, afirmaba nuestro hoy denostado Marx. Es decir, las reivindicaciones sobre el presupuesto tienen siempre un marco político. Y la crisis actual no es sino una consecuencia de la cada vez más  injusta distribución de la renta disponible.  Las clases medias, para mantener su status, necesitaron recurrir a un mayor apalancamiento financiero. No en vano en “The US Goverment and the Economic Cycle”, puede leerse: “podría argumentarse que en el capitalismo moderno, una deuda creciente (y, por tanto, un servicio de la deuda creciente), no es sólo una condición concomitante, sino quizá también una condición necesaria para el crecimiento económico”. Así que no es una especie de resbalón lo que subyace detrás de la crisis, cuanto una voluntad perfectamente orquestada, una maniobra de golpes de estado sin precedentes aunque incruenta en su apariencia, para desmantelar  los sistemas democráticos abandonando a su suerte a los  que en el argot se denominan “ciudadanos de coste elevado”.  Para ello es preciso que opere una crisis de legitimación política. Producir un círculo que se alimenta a sí mismo. Los grupos de interés mantienen artificialmente alto el precio del petróleo, presionan sobre la deuda, provocan así un altísimo nivel de descontento social que menoscaba la influencia de los parlamentos elegidos democráticamente, y estos, a su vez, son sustituidos por “estabilizadores automáticos”. Decía Melman: “EE.UU ha presenciado la aparición y desarrollo de una nueva clase dirigente que viene definida más por sus relaciones con los modos de destrucción que por sus relaciones con los modos de producción”. La deuda, expresión de poder sobre el presupuesto, ha sido puesta en manos de la aristocracia de las finanzas.  

El prólogo a “La crisis fiscal del Estado”, resume acertadamente la actual situación: “Por una parte,  la clase trabajadora es la que soporta el mayor peso de los impuestos (la que paga las infraestructuras); por otra, esa misma clase necesita una cantidad creciente de gastos (consumo social y gastos sociales) debido precisamente a su condición de clase trabajadora. Puede ser muy bien verdad que cuanto mayor es el grado de explotación fiscal, mayor debe ser el nivel de los gastos estatales y de ahí la necesidad de una explotación cada vez mayor”. Es la contradicción que alienta el discurso de O´Connor. Porque se va a producir un desajuste estructural entre los ingresos y gastos estatales, que conduce, por un lado, a la bancarrota fiscal del Estado, y por otro, a la quiebra del aparato legitimador de los gastos sociales. La empresa monopolística se ha habituado a que se socialicen sus eventuales déficits, y a que se sufraguen por el Estado los costes y gastos sociales (incluyendo las externalidades ecológicas). En este contexto, las necesidades de acumulación y legitimación operan empujando hacia arriba los gastos públicos, como un globo libre, sin más limite que el estallido. Con lo que se mina la única fuente de legitimación del Estado contemporáneo”.

A resultas, el campo educativo, sanitario y asistencial serán los últimos reductos de inversión que tomará el capital universalmente instituido.

 

 

 

Fdº.: Muereteriendo sin Blanca de las Escépticas Maneras del Famoso Sol de España.

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