camposantos y lápidas

Camposantos y lápidas

 

Existen muchos libros sobre la relación del hombre con la muerte. Todos narran como se ha ido alejando a los muertos de los vivos. Hubo un tiempo en que algunos muertos fueron sepultados dentro de las iglesias, posteriormente se los llevó al claustro y más tarde, alegando razones higiénicas, se los trasladó a las inmediaciones del templo, como aún hoy se pude ver en algunos pueblos. Mas lo habitual es que se los aleje de los templos y del centro de la ciudad hacia arrabales donde ni tan siquiera se los sepulta bajo tierra. No cabe duda de que a ese alejamiento en el espacio le ha correspondido también un debilitamiento en el recuerdo. Ernst Jünger, cuando disponía tan solo de unos días para conocer una ciudad, pedía que le mostraran el mercado y el cementerio porque, según decía, así se hacía una idea de cómo se trataba a los vivos y a los muertos. Él mismo confesaba que  el camposanto de nuestros muertos queridos está en los corazones. Es así y cada vez será más así, si es que llegan a estar en éstos, porque en una cultura que enmascara la muerte y la oculta, ¿cómo será posible el recuerdo de lo que constantemente se vela en ausencia, además, de señales y de huellas que lo inciten? .El duelo entendido como perturbación, como “estrés post-traumático”, tal y cómo lo redefine esta psicología ciega y sorda para con lo humano, los requerimientos a volver cuanto antes a la llamada “normalidad”, la llamada a cerrar las heridas aún sin dar tiempo a que éstas mismas cicatricen, todo conspira en la sociedad del manténgase en forma-( como la llamó Richter)- a un olvido permanente no sólo de los muertos sino de nuestra condición de mortales.

Y, sin embargo, o tal vez por eso mismo, en una civilización que carece de remansos y que no da tregua al ser humano, los cementerios desacralizados por lo demás, se han convertido en una especie de refugio; como si los muertos devolviesen a los vivos la prenda de una sabiduría póstuma. Y así allí inspiran y dirigen la palabra. Juan Rulfo contaba como tomaba de los cementerios los nombres de los personajes de sus novelas. De ellos saco el hermoso nombre de “Pedro Páramo”. Por su parte las inscripciones mortuorias nos dirigen, en muchas ocasiones, inolvidables palabras. Desde el jocoso “Perdonen si no me levanto” de Groucho Max ,que intenta despojar a la muerte de su hierro, a la tumba de Rilke cuya lápida dice:” Oh rosa, pura contradicción, alegría de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados” o la del poeta francés Jules Superville, con cuya belleza me quedo, y que lleva grabadas estas palabras:” Esta debería ser la última posta en la que el alma cambia de corcel”.

 

                          Javier Estangüi Ortega

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