danza y poesia

Danza y Poesía

 

El presente artículo no pretende más que mostrar algunas analogías entre la danza y la poesía. El tema de la danza ha sido tratado, al menos por lo que conozco,  por un poeta, Paul Valéry, en su” Filosofía de la danza” y por un psicólogo, Erwin Straus, en un artículo titulado “El movimiento vivido”.

Ambos autores presentan muchos puntos en común. Ambos parten de la diferencia entre la acción que sirve a un fin claramente especificado y los movimientos del que danza. Si tomamos como ejemplo el caminar que está orientado a la consecución de una meta, por ejemplo, llegar puntualmente al lugar de trabajo, vemos que todos los movimientos están subordinados hacia esa meta y que la primacía del objetivo hace que la trayectoria deseable fuera la línea recta, el camino más corto. El avanzar hacia el lugar que nos hemos propuesto hace que podamos interpretar el espacio que va quedando atrás como “pasado”, el lugar en que transitamos en un momento dado como “presente” y la meta proyectada como “futuro”; es decir, podemos sin dificultad alguna interpretar temporalmente el espacio. Las metáforas que han interpretado la historia desde la idea de progreso, por su parte, espacializan el tiempo y lo representan como una flecha orientada hacia una dirección invariable. Mas, ¿y el que danza?. Su actividad está repleta de sentido. Un sentido que no es el de perderse como el que deambula o vagabundea- pues éstos últimos parecen carecen de un propósito y estar, por decirlo así, a su búsqueda-, ni se asemeja al que se reduce a la persecución de un objetivo previamente planeado por el intelecto. En primer lugar cabe decir que el que danza comienza por sentir la totalidad de su cuerpo y experimenta la unidad cuerpo-mente. No se identifica con una sola parte de su cuerpo ,los ojos y las articulaciones, como suele hacerlo el que camina con un propósito determinado. Según Erwin Straus el tronco móvil comienza “a dominar la figura en movimiento”. También puede suceder que la danza alcance un punto en que la distinción, en el éxtasis, del objeto y del sujeto, quede abolida. Además recuperan su sentido movimientos de retroceso y de giro que serían considerados rémoras en una acción orientada a un objetivo. El retroceder, el girar, el balancearse, acompañan al que danza como si en el mismo acto de danzar el bailarín mismo fuera creando el espacio y no lo experimentara como  dado. Ante todo el bailarín o la bailarina se expresan en cada uno de sus movimientos, lo que apenas sucede en la acción funcional. La danza, por tanto, no busca nada fuera de si misma y libera al hombre de la necesidad y de la utilidad. El mismo acto de celebrar al son de la música, de crear el espacio con los movimientos y de no perseguir interés alguno hace que el hombre recree una existencia que no se agota en lo práctico ni en lo útil.

Por su parte la poesía, como la danza, también libera al hombre del servicio a la utilidad. Veíamos como la palabra prosa proviene de “propsus”, que quiere decir “en línea recta”. El poema, por el contrario, recupera el tiempo cíclico frente al tiempo lineal y a la acción dirigida a un fin. El poema danza en el papel. Por eso no puede reflejarse en el como la prosa. Cada una de las estrofas reúne la música y la danza y, en  su propio final invita de nuevo al comienzo como lo hace siempre una bella canción. También en él, como en la danza, lo esencial es la primacia de la expresión sobre la función. Y entonces, ¿para qué sirven la danza y la poesía, podrá inquirir el prosaico, es decir, el que siempre va “en línea recta”?. Para liberar a los hombres de tener que servir para algo y así conducirles a la dimensión del sentido, donde la vida se revela como celebración y plenitud, más acá o más allá del plan y el cálculo.

 

                       Javier Estangüi Ortega

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