Historias que invitan a pensar 30

Historias que invitan a pensar (30)

 

En un libro llamado “Viaje interior” relata así Romain Rolland lo que sintió tras la muerte de su madre: “¡Qué lejos está ahora!…Se ha desprendido…Pero al desprenderse, me ha desprendido también a mi casi por completo. Ya no me tengo sobre el suelo sino por la extremidad de mis profundas raíces y algunas ya, deshaciendo sus anillos, se salen de la tierra y se levantan hacia el cielo. Ahora “soy el vado” de una orilla a otra.”.

Pensamos que el cuerpo siempre se mantiene ligado a la tierra, mas no es así. El niño se cae y tropieza con facilidad, disfruta con los saltos, las volteretas y las cabriolas y, poco a poco, se afinca en el suelo y comienza a enraizarse. El adolescente siente ya la posesión de ese apoyo y esa fuerza que lo llevan a anhelar lo celeste y lo heróico. La gravedad lo asienta y el anhelo lo llama a transcenderla. El hombre  que ya ha perdido a algunos de sus seres queridos comienza a habitar en una región intermedia entre los que moran en la tierra y en esa región de los muertos que llamamos cielo. Tal vez el estilo sea la unión de las edades: el juego del niño, la vitalidad del adolescente, el alma del hombre. Juego, vitalidad, estilo. ¿Quien sabe si en la obra lograda no se aúnan en un solo cuerpo?.

Del plomo a las alas nuestro cuerpo va pasando por estados intermedios a lo largo de la vida. Las emociones lo catalizan. La amistad y el amor lo afianzan a la tierra y, ala vez, lo dan alas, lo transforman en puente. La pesadumbre lo curva y lo vence. La tristeza lo ovilla como el sueño. En la alegría el alma hace cabriolas como los niños y el cuerpo se expande.

Nuestro cuerpo, siempre el mismo para la mirada de la “ciencia” y, sin embargo, distinto en cada edad y  con cada emoción para el que sabe ver.

 

            Javier Estangüi Ortega

 

 

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