historias que invitan a pensar 31

Historias que invitan a pensar (31)

 

Vuelvo a recoger una historia que narra Christiane Singer en su libro:”¿Adónde vas?.¿no sabes que el cielo está en ti?”.

“En Praga se cuenta que el célebre Rabí Löw, por el que Rodolfo II sentía un gran respeto, un día, al cruzar un puente, recibió una lluvia de piedras lanzadas por una caterva de chiquillos; pero cuando las piedras lo tocaban, se convertían en capullos de rosas. Durante mucho tiempo me he preguntado que había hecho posible aquel milagro. Al fin, la otra noche, durante uno de esos insomnios que se han convertido en mis retiros solitarios, creí encontrar una respuesta que me ha dejado satisfecha: Si el Rabí Löw consiguió transformar las piedras en rosas es porque amaba tanto a los niños que no podía consentir que se convirtieran en asesinos de un anciano.

El milagro del amor consiste en mantenerse en pie en medio de la noche, en estar lleno de silencio en medio del estruendo de la insignificancia, rebosante de alabanza en medio del odio.”

Y tal vez el secreto de la vida consista en esa alquimia buena donde el vino no se transforma en vinagre y, a medida que se avanza en la vida todo, a pesar de las vicisitudes y el dolor, se va transformando en una oración de gracias. Porque, a fin de cuentas, el tesoro que nos ha sido dado es infinitamente mayor que lo que nos puede ser sustraído o arrebatado. Rilke se preguntaba en un poema cómo el poeta puede acoger lo monstruoso, el dolor, la pena. Y él mismo respondía así:” Porque celebro…sólo el ámbito de la celebración puede acoger la pena”. Si bien no se trata del lema de Beethoven,“a la alegría por el dolor” , es posible transformar las heridas en cantos y dejar que , si nos toca, el mazo del dolor derribe  los tabiques del alma y abra espacios al corazón. La herida y la cicatriz antes que el encallecimiento. Y, desde luego, ser capaces, a pesar de la vida que dejamos a nuestra espalda y que el desertor de lo elevado ve siempre como una escuela de decepción, de abrirnos por entero al regocijo y oir la música de las esferas.

 

                    Javier Estangüi Ortega

 

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