la demagogía
LA DEMAGOGÍA
En debate tan antiguo entre Platón y los sofistas la postura del filósofo es muy conocida: la democracia es un mal sistema de gobierno porque se basa en una premisa falsa, la premisa de que los hombres son iguales por naturaleza, cuando, en realidad, los hombres somos desiguales. Para este filósofo el problema principal de la ciecia política es cómo conseguir que gobiernen los mejores. Según Platón, la democracia es un mal sistema de gobierno porque en ella la masa se impone a los mejores
El peligro permanente del que nunca está a salvo la democracia es la demagogía (demos -legein, conducir al pueblo).Palabra cuya etimología nos demuestra que ese vocablo no nació con un contenido peyorativo, sino que lo adquirió cuando los que debían conducir al pueblo no lo hicieron de la manera debida. Quien quiera informarse de cómo puede una democracia degenerar por culpa de la demagogía no tiene más que leer la «Historia de la Cultura Griega» de Jacob Burkhardt. La demagogía es un peligro constante que acecha a la democracia. ¿Cómo escapar de él?, Primero identificando a los demagogos, el demagogo adula al pueblo y le incita a lo privado, al olvido de sus responsabilidades, mientras que, el buen dirigente, exige al pueblo. Segundo reconociendo la importancia y la necesidad de lo que los griegos llamaban «areté» y los romanos «virtus», algo que el Maquiavelo repúblicano, no el Maquiavelo idólatra del poder, conocía bien. La democracia es posible, y diríamos sólo es posible, si existe la igualdad, pero, contrariamente a la igualdad contemplada por Platón, no se trata de la igualdad en capacidad, sino en la «virtud», es decir, la igualdad en el compromiso y en la implicación en lo público, en la polis.
Sólo en una democracía degenerada, en una democracia que ya no es tal, el pueblo, que ya no es populus, sino plebs, se impone a los mejores, prefiere los demagogos a los mejores, cree que su capricho debe ser ley y que el mejor dirigente es el que mejor satisface su capricho. La historia nos muestra cuál es el destino de esos pueblos. En una democracia no pervertida por la demagogía, el pueblo reconcoce a los mejores y les elige para gobernarle, un pueblo que no elige a los mejores para gobernarle, ha perdido la virtus, ya no es libre, está en manos del destino.
Francisco Javier Martín