el poeta y el desierto
El poeta y el desierto
En una de las entrevistas que concedió José Ángel Valente decía que el lugar del poeta no era la corte sino el desierto. En otras ocasiones gustaba de contraponer el comercio y el desierto. Por su parte, Beethoven, en una de sus cartas habla de las lisonjas y vanidades que el mundo ofrece al artista con ánimo de comprar su alma, y esgrime que esa es la razón por la que frecuentemente las mejores obras de algunos artistas sean las primeras, las que provienen de la oscuridad sombría.
¿Y quien no conoce la sentencia de Camus según la cual al referirse a los de su condición exclamaba:” nuestro es el destierro, no el reino”. Casi toda palabra genuina procede del bosque, del mar, o del desierto. Símbolos de aquéllos lugares que libres de la agitación y el bullicio, de los escaparates y el mercadeo de la fama, de la tiranía de la actualidad, los hombres se confrontan con lo eterno y se nutren del silencio. El artista de verdad está expuesto, especialmente en sus comienzos, al éxito prematuro y desmedido, a la embriaguez del triunfo que amenaza con destruirlo mucho más que el fracaso. Aquí el hombre se convierte en personaje, deja de buscar, y cae en una especie de torpor satisfecho, cambia de vida y de mujer.Y el león, símbolo de la energía aún no domeñada, se convierte en el obeso animal cebado por el halago que ya ni siquiera sabe rugir.
Mantener abierta la herida, ser capaz de convertir los muros en caminos, transitar por el desierto sin sucumbir a las tentaciones-descritas extraordinariamente en los Evangelios-, es una tarea a la que constantemente se ve sometido el artista. El hombre de mundo en él quiere la dicha, el reconocimiento a toda costa, la gloria inmediata. El destino de artista lo ha inmolado ya desde el comienzo al abismo, a la soledad, a custodiar la herida. Muy pocos han logrado el equilibrio.
Javier Estangüi Ortega