¿y por qué yo no?
¿Y por qué yo no?
Frente al imperativo kantiano, en realidad, desprovisto de contenido, y la pusilanimidad y conformismo moral de quien requerido por una situación apremiante se pregunta, queriendo eludir la responsabilidad:”¿Y por qué yo?”. Unamuno pensaba que la única forma digna de encarar una situación que nos requiere no está en mirar en torno nuestro si hay alguien que romperá filas y dará el primer paso, sino que en esa soledad que nos interpela y nos confronta con nuestra propia conciencia nos tenemos que preguntar siempre: ¿Y por qué yo no?”.
En esa pregunta esta ya contenido el coraje que se atreve a despreciar las excusas que nos damos para no comprometernos con lo que es bueno y noble y la dignidad del destinatario de la propia pregunta; al presuponer que el hombre que cada uno somos-y no las ideologías, ni las entidades abstractas, ni las organizaciones-, ha de ser, y puede ser, el punto de partida de la acción moral.
“Siempre es el Getsemaní y nosotros siempre estamos durmiendo”, escribió Pascal. La pregunta con la que Unamuno nos confronta es una sacudida para despertar y, a la vez, un espejo delante de nuestra conciencia. Allí podemos ver nuestra imagen casi siempre deformada por el adrollero que solemos ser y que,por módico precio, se compra una buena conciencia de sí mismo, y también lo que podríamos ser si supiéramos realmente quiénes somos y lo que valemos cuando no vendemos nuestra primogenitura.
Ha sido Unamuno, quien fuera “pasión en el desierto”, en España, el que nos ha dejado esta exigencia como herencia en el marasmo en el que hoy nos encontramos.
Javier Estangüi Ortega