el dilema de la política

EL DILEMA DE LA POLÍTICA

Había un frase muy repetida en los estertores del franquismo que los “politizados” lanzaban al rostro de los más reticentes a la “acción” política, la frase decía más o menos así: “no te preocupes, que si tú decides pasar de la política, la política no pasará de ti.”.

En la vida se presentan dos opciones. Una, participar en política en cuyo caso tienes que implicarte en el juego sucio, la política es lucha por el poder, es aquello que le hizo decir a Goethe “Quien busca el poder, ya vendido su alma al diablo”. Entrar en política es rendir tributo al diablo, porque, perdón por el abuso de las citas, como decía Don Ernesto Cardenal “el poder es el diablo”. Otra, no entrar en política, en cuyo caso dejas que los políticos, que el diablo, dirija tu vida. ¿Tertium non datur?.

La alternativa sería la acción cívica. Luchar no por el poder sino contra el poder, no suplantar al poder, u ocupar el poder, ser antipoder. Esto solo pude hacerse desde la sociedad. ¿De qué sirve “dividir” el poder como pretende el liberalismo, si existe una clase, una casta que lo ocupa y cuyos miembros se van trasladando de unos cargos a otros, de unos poderes a otros?. Hay antipoder allí donde hay una sociedad capaz de existir por sí misma, en el plano cultural, económico, etc. No olvidemos que el poder solo puede ejercerse “sobre” la sociedad, y en la medida en que la sociedad se deja hacer. Como decían los taoístas, quien quiera oponerse al poder no debe pretender ser fuego o ser hierro, sino ser agua. La energía que alimenta a la sociedad civil es la cultura. La política es acción superficial y acorto plazo, la cultura es acción profunda y a largo plazo, es la única que puede arrancar al poder de sus máscaras.

Francisco Javier Martín Campillo

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