la linea recta y el poema

·La línea recta y el poema

 

La lengua es rica en expresiones donde se representan las ideas en el espacio. Se nos insta a no dar rodeos cuando se nos invoca a decir de una vez por todas cuanto pensamos. Ir derecho al grano, tiene un sentido similar, así como evitar circunloquios y dejarse de dar vueltas o de enredarse  en torno a un asunto. La línea recta no es sólo la distancia más corta entre dos puntos en el espacio, es también el símbolo de “lo derecho”, lo directo, lo útil, resolución y energía para afrontar las cosas, y  es la que mejor representa la idea del progreso; visto éste como una línea continúa que partiendo de un punto tuviera una meta bien determinada. Tal vez haya detenciones, retrocesos aparentes, más la historia continua su ineludible avance en una dirección. En ese recorrido puede haber encrucijadas, laberintos, vías muertas, túneles, mas estos no tienen un carácter absoluto y constituyen tan sólo tramos, pequeñas desviaciones que acaban dando siempre a ese único camino iluminado por la razón.

La poesía es el recuerdo de que el hombre es ese ser no esclarecido que siempre vive dando rodeos, rumiando una y otra vez las mismas cuestiones ineludibles a su condición, y que sólo negándose a sí mismo puede dejar tras de si. “Ardiente sollozo que rueda de edad en edad”, escribe Baudelaire al final de un poema. La espiral, el círculo, el tiempo cíclico, expresarían mejor su auténtica condición. El hombre como la criatura constituida por su incapacidad para superar-como se dice ahora-, cuanto importa de veras. La tragedia como condición constitutiva de su existencia y no como algo que le advenga ocasionalmente y de lo que pueda librarse. El canto como la asunción y la celebración de una incapacidad que, sin embargo, es la esencia de lo humano y cuyo olvido nos llevaría siempre a la crueldad de la línea recta, a un mundo simplificado, exento de contradicciones, cuya seguridad tan sólo se nutriría del miedo y del olvido de lo que realmente somos. Y si alguno de los pragmáticos y utilitarios que caminan en línea recta y hoy pueblan el mundo nos exhortaran a no dar rodeos y a encontrar la utilidad de todo cuanto existe, podríamos contestar como Chuang-tzu, quien escribió: “Tenéis un árbol grande y os preocupa su inutilidad, ¿por qué no lo plantáis en el país de la nada y del infinito?. A su sombra todos podrán pasear tan a gusto y echarse allí si les apetece”.

La poesía es ese puente entre la nada y el infinito: la invitación a volver a pasar por la misma morada, el mismo cuerpo, el mismo camino. La transformación por el rito y el canto. El recuerdo permanente del origen. La abertura y la herida de la que somos portadores.

 

            Javier Estangüi Ortega

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